Oración
Gracias, Jesús, por las personas que se preocupan por ayudar a los demás, que comparten su dinero, su tiempo y su vida. A los que estamos hoy aquí presentes ayúdanos a unir nuestras manos, a compartir nuestros ideales, nuestros conocimientos, nuestros bienes, para trabajar todos unidos en la construcción de un mundo unido y fraterno. Amén.
El quinto huevo (reflexión misionera)
“Érase una vez una gallina que tuvo cinco polluelos. El último en romper el cascarón, el pollito del quinto huevo, salió débil y enfermizo y no podía seguir las alegres carreras de sus hermanos detrás de mamá gallina. Y allí se quedó, triste y abandonado, esperando una muerte cierta”.
Esto que parece el principio de un cuento, es una historia verdadera. En esta tarde tranquila de domingo, observaba yo cómo una de nuestras gallinas picoteaba buscando alimento junto a sus cuatro polluelos, sin volver siquiera la cabeza hacia el quinto, el más pequeñito. Pregunté por qué abandonaba al más pequeño. Me respondieron que siempre se muere el pollo del último huevo, el que nace más débil. Y me propuse tratar de cambiar el final de la historia.
Intenté alimentarlo y darle calor, pero era inútil, no quería o no podía comer. Le di leche en polvo con azúcar y me lo llevé a la habitación. Durmió acurrucado en mi mano, porque en cuanto intentaba ponerlo en la caja piaba angustiosamente. Hoy, tres días después, mientras paso a limpio estas notas, está tumbado en mi mesa al calor del ordenador.
Lo he bautizado, sin el rito del sacramento, con el nombre de “Cas” en honor de mi amigo el coreano. Y me sigue a todas partes, como sus hermanos a mamá gallina, ante el regocijo y las cuchufletas de mis compañeros.
Esto, que podría ser una enternecedora historia infantil, deja de serlo y duele profundamente cuando de niños y no de pollos se trata. Y estoy seguro que ni vosotros ni yo tenemos corazón para ver morir a un niño a nuestro lado sin intentar salvarlo. Desgraciadamente, solo os llegan las frías estadísticas que poco o nada conmueven, simplemente porque los números no tienen dos ojos que te miran. Pero lo cierto es que aquí, en África, mueren diariamente al menos 30.000 niños (de ellos 5.000 de malaria, según The London School of Higiene and Tropical Medicine). Mueren los más débiles, los niños del “quinto huevo”. Niños que podrían vivir si pusiésemos en ellos un poquito más de calor, un poquito más de leche, aunque sea en polvo, y un poquito más de corazón y de ternura…
Nada es igual cuando la sarna, la deshidratación, la diarrea, la roña, la malaria…, mata un niño entre tus brazos, y no alcanzó el calor de tus manos para salvarlo. Y cada día debemos luchar a brazo partido y sin desmayo para que los niños de nuestras aldeas, niños con ojos que te miran, dejen de engrosar tan macabras estadísticas.
“Cas” sigue acurrucado a la izquierda de mi ordenador, mientras sueño en lo hermoso que sería poder cambiar entre todos el final de las mil y una historias de estos desnutridos y abandonados niños africanos del “quinto huevo”.
(J.L. Garayoa, Kamabai, 8 enero 2006)
Peticiones
1.- Por todos los que carecen de los bienes necesarios para vivir.
(Todos): Para que encuentren ayuda y solidaridad en nosotros, sus hermanos.
2.- Por cuantos en el mundo sufren abandono y soledad.
(Todos): Para que seamos su alegría y su consuelo.
3.- Por los que nos estamos volviendo egoístas y poco solidarios.
(Todos): Para que nuestro corazón germine y vuelva a florecer.
4.- Por la gente del Amazonas y Sierra Leona, pobre y desamparada.
(Todos): Para que el Señor sea su luz y su esperanza.
5.- Por los misioneros, hermanos nuestros en lucha y compromiso.
(Todos): Para que no desfallezcan y mantengan viva la ilusión y la fe.
6.- Por quienes pretendemos ser mejores y más solidarios.
(Todos): Para que siguiendo el ejemplo de Jesús, seamos generosos con todos.
7.- Por el Reino de Amor, Justicia y Paz que Jesús trajo al mundo.
(Todos): Para que sea una realidad en toda la tierra.
Oración del misionero
Señor, cuando nos mandas a sembrar,
rebosan nuestras manos de riquezas;
tu palabra nos llena de alegría
cuando la echamos a tierra abierta.
Señor, cuando nos mandas a sembrar,
sentimos en el alma la pobreza:
lanzamos la semilla que nos diste
y esperamos inciertos la cosecha.
Y nos parece que es perder el tiempo,
este sembrar en insegura espera.
Y nos parece que es muy poco el grano
para la inmensidad de nuestras tierras.
Y nos aplasta la desproporción
de tu mandato frente a nuestras fuerzas,
pero la fe, nos hace comprender,
que estás a nuestro lado en la tarea.
Y avanzamos sembrando por la noche
y por la niebla matinal.
Profetas pobres, pero confiados
en tu presencia y tu promesa.
Gloria a ti, Padre Bueno, que nos diste
a tu Verbo, semilla verdadera,
y por la gracia de tu Santo Espíritu
la siembras con nosotros en la Iglesia.
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