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XV Cena Benéfica APAL

Carta desde Tapaúa del padre Chimeno

Queridos amigos de Pucela, queridos amigos y amigas de APAL:

Hace ya 13 años que salí de Valladolid, que dejé el colegio San Agustín. Una de las cosas que no he olvidado, después de tanto tiempo, es APAL. Lo que significó, lo que pretendía, lo que fue y lo que, gracias a Dios, continúa siendo.

En plena misión de LábreaRecuerdo cómo empezó todo. Era el año 1989. El P. MIGUEL ÁNGEL PERALTA, director de Pre-escolar y Primera Etapa de EGB, había ido como voluntario a la misión de Lábrea, en el Amazonas de Brasil. En uno de los grupos cristianos que por entonces estábamos iniciando en el colegio surgió la pregunta: Qué podemos hacer desde aquí para ayudar al P. PERALTA y a los misioneros? Cómo podemos colaborar nosotros desde el colegio San Agustín?

De ahí nació APAL, como nombre (no sé si NACHO ALONSO REQUEJO y MARIANO ÁLVAREZ DIENTE habrán cobrado ya los derechos de autor), como idea, como proyecto. Queríamos crear en el colegio una conciencia misionera, cultivar una sensibilidad hacia los otros, educar la preocupación por los más desfavorecidos; queríamos estimular la generosidad y fomentar la inquietud por la justicia; queríamos ser misioneros desde la retaguardia. A alguien del grupo se le ocurrió la idea de organizar una cena frugal y entregar un donativo para colaborar con la misión de Lábrea.

Lo pensamos... y lo hicimos. Con poco éxito, inicialmente, con fallos, sin resultados espectaculares, sin mucho ruido. Pero la semilla ya estaba sembrada. Luego ha sido cuestión de perseverar, de tener constancia, de corregir, de mejorar, de animar, de soñar...

Lo que un día yo soñé hoy lo puedo ver y comprobar. Hace ya casi 5 meses que estoy viviendo en Tapauá, a más de 600 kilómetros de Manaos y a otros tantos de Lábrea, en el corazón de la Amazonia. Ya conocía la ciudad, de mis visitas como secretario provincial, pero no es lo mismo vivir, trabajar, relacionarte, sufrir y gozar con la gente que aquí vive. Cuando visité Tapauá, en febrero de 2001, el Centro Esperanza era un sueño, una ilusión. Los frailes habían detectado los mismos problemas que en Lábrea entre los adolescentes y los jóvenes: riesgo de prostitución, violencia, drogas, falta de horizontes... Y creían que la solución era ofrecerles alternativas, espacios, educación para el tiempo libre.

Su sueño hoy es realidad: He podido ver con mis propios ojos a los 90 chicos y chicas que acuden diariamente al Centro Esperanza de Tapauá; conozco a los monitores que trabajan con ellos en los talleres de informática, decoración, manicura, costura y bordado, manualidades y música. He podido admirar los trabajos que realizan, las meriendas que saborean con satisfacción, las energías que gastan y las actividades que llevan a cabo. He jugado con ellos a futbito y a voleibol, les he visto ir a la casa de retiro en el lago Jacinto, para descansar, bañarse y reflexionar. He podido apreciar, sobre todo, cómo el Centro Esperanza les educa: les aleja de los riesgos, les da oportunidades, les ofrece posibilidades, les proporciona herramientas, les forma como personas, les ayuda a convivir, les abre a valores, les acerca a Dios y a la Iglesia.

Por supuesto, no todo es perfecto, no todo funciona a las mil maravillas... aún. Estamos en germen, en embrión, estamos comenzando. Hasta ahora las actividades del Centro se han realizado en las instalaciones parroquiales: primero en el viejo salón parroquial, insuficiente y poco apropiado; después en las salas de catequesis, que se han visto forzadas a crecer y a renovarse para poder acogerlos en los turnos de mañana y tarde. Estamos esperando y soñando con el momento de que el Centro Esperanza pueda trasladarse a sus nuevas instalaciones, en el barrio de Açaí, junto a la iglesia de santo Agostinho. Allí están, en obras, en construcción, esperando el último empujón, una preciosa cancha cubierta donde los chicos podrán saltar, correr y jugar; una cocina con hambre de niños, de gritos y de comida; unas salas a las que solo falta revestir, amueblar y dejar que ofrezcan aquello para lo que están siendo construidas: para dar vida, para educar, para forjar hombres y mujeres; allí una nueva iglesia, con san Agustín como patrono, que espera ser faro y referencia en la vida de esos jóvenes, para que encuentren, también ellos, la Luz de Jesús y su Evangelio.

Son sueños al alcance de la mano. Para disfrutarlos, solo nos falta el último paso: La Prefeitura tiene el compromiso de ayudar, de colaborar, pero sus recursos no alcanzan para todo y, si llegan, lo hacen tarde y mal. Hay diversos proyectos, peticiones de ayuda a ONGs y Diputaciones en España, que nos han ayudado, que han colaborado, pero que tampoco han enviado todo lo que prometieron, todo lo que necesitamos. Seguimos esperando.

Qué esperamos? Las ayudas que no faltan, las que más agradecemos y valoramos: Esas pequeñas colaboraciones y donativos de personas particulares, concretas, la de ese niño de primaria que quiere ayudar con un euro a otros niños que no tienen tantas cosas como él, la de ese profesor que hace un esfuerzo y saca a la luz su solidaridad, la esa madre de familia que se sacrifica y ahorra de cosas necesarias para tener un gesto de generosidad y de fraternidad, la de todas esas personas.que quieren colaborar, que sienten una inquietud misionera, que se sienten parte de APAL, de una familia.

Estamos convencidos de que vuestra ayuda, un año más, llegará. Esperamos, una vez más, que sabréis ser generosos. Dad por seguro que nosotros y todos estos chavales os quedaremos eternamente agradecidos.

Por eso, y por anticipado, GRACIAS. Vuestro amigo,

P. Javier (Chimeno, para los amigos)


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