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San Nicolás de Tolentino, 1305 · 2005

Apostolado

Nos muestra la historia que, hasta el siglo XIII, el apostolado de la Iglesia se estructuraba en torno a dos centros, como eran la parroquia y la diócesis. En este siglo, las necesidades pastorales obligan a la Iglesia a introducir en su estrategia un cambio revolucionario: las órdenes religiosas que ahora surgen, las mendicantes, nacen como fuerzas de acción apostólica. Desde este momento, los religiosos no buscan sólo huir del mundo a parajes solitarios donde poder santificarse, sino que buscan el corazón de las gentes y la sociedad para transformarlo ellos –o viceversa–.

La afabilidad como bandera

Los autores sintetizan la misión de los mendicantes diciendo que traen lo que la Iglesia pedía y todos esperaban entonces: «amor al pueblo, deseo de mezclarse con él y vivir sus necesidades, ansias de compartir sus alegrías y sus penas». Y, si esto es así, como en efecto lo es, habrá que convenir en que san Nicolás de Tolentino bien puede ser tenido como prototipo del fraile mendicante.

Y prototipo del mendicante agustino, por la entraña de cordialidad o caridad al estilo agustiniano que descubrimos en él. Lo hemos visto en su vida de comunidad, y lo comprobaremos en su apostolado.

San Nicolás era persona sumamente afectiva y afectuosa. Eso lo dejaba traslucir en su actividad sacerdotal. Hay en el proceso una sabrosísima declaración que se refiere al talante del Santo como predicador. Un miembro de la nobleza relata cómo, en su juventud, las damas preferían escuchar los frecuentes sermones de fray Nicolás en vez de asistir a las competiciones en que los muchachos se exhibían ante ellas; confiesa que, en muchas ocasiones, él y sus compañeros se veían precisados –en un último recurso– a interrumpir al predicador hasta obligarle a callar, y así ser ellos objeto de la atención de las jovencitas. Añade el caballero que fray Nicolás, al revés que otros predicadores, nunca se enfadaba por ello; antes bien, cuando iban a pedirle perdón, lo encontraban muy afable y comprensivo.

Los frutos de la predicación los recogía en el confesonario. Casi todo Tolentino se confesaba con él; por tanto, debía estar todo el día a disposición de cualquiera, y pasar muchas horas en el confesonario. Pues bien, al cabo de veinte años, todavía lo recuerdan con emoción sus penitentes, y nadie sabe de un gesto de impaciencia o una palabra que no fuera cálida. Muy al contrario, los testigos cuentan también cómo, sobre ser acogedor y entrañable, imponía penitencias mínimas; el propio confesor se encargaba de expiar después en su persona los pecados confiados.

Solidario con los pobres

Por temperamento, sensibilidad y ambiente social, Nicolás de Tolentino estaba llamado a ser un santo popular, durante su vida y después de su muerte. Hemos hecho mención de las características apostólicas de las órdenes mendicantes. Conocemos el carácter, entre humilde, ingenuo y tímido, de nuestro Santo. Cientos de testimonios ponderan su heroica caridad y su aura de cordialidad. San Nicolás tenía que ser popular por fuerza.

No hablamos de la popularidad huera que podría haberle venido del origen ilustre, las gestas heroicas o la excelencia en artes o letras. El Santo de Tolentino es popular porque se preocupa del pueblo, está hecho al trato de tú por tú con los humildes, hace propias las alegrías y penurias cotidianas de la gente. A todos acoge en su celda, y en todas las casas es acogido con calor; por algo señalan los testigos que visitaba a los ricos cuando era invitado, mientras que no esperaba aviso para ir a casa de la gente llana.

Porque la forma de apostolado social más de su gusto era la visita. Al cabo de veinte, treinta y hasta cuarenta años, algunos testigos en su proceso aún lo recuerdan recorriendo las zonas deprimidas de Tolentino, con frecuencia –debido a la enfermedad– ayudándose malamente con un bastón, o apoyado en un hermano joven que le hacía la caridad de acompañarle. Tan familiar era su figura benéfica que, a pesar del tiempo transcurrido, los declarantes llegan a nombrar más de cien asistidos frecuentemente por él: paralíticos, mendigos, abandonados, enfermos de todas clases… todos los pobres de Tolentino.

¿Qué hace con ellos? Les da lo que tiene. Les contagia su hondura de espíritu y les ensancha e ilumina los horizontes de la fe. Reza con ellos. Y, sobre todo, los bendice; así, bendiciendo, suelen recordarlo sus paisanos. Todos le pedían la bendición, una súplica compadecida al Padre; tenían experiencia sobrada de su eficacia. Y a fe que se cuentan muchas curaciones y milagros atribuidos a su intercesión.

Para los muchos pobres de Tolentino habría multiplicado el pan. Aunque, a falta de pan, se multiplicaba él. Por experiencia sabe lo que es pedir limosna, que muchas veces es el encargado de hacer la cuestación para el convento. No es sólo que las limosnas sirvan para remediar una necesidad material. Lo importante es que, al dar limosna, la caridad se inflama y las personas maduran por dentro.

Por eso, lo mismo reclama a los ricos limosna para los pobres, como a éstos les pide para el convento o para otros menesterosos, y a los frailes ayuda para todos. Y a todos les desvela la presencia de Cristo en el necesitado, y les inculca el agradecimiento como modo de fundirse todos en caridad.