Colegio San Agustín. Página principal

San Nicolás de Tolentino, 1305 · 2005

Asceta

El Nicolás por excelencia, el santo, el que ha quedado como modelo, es el de Tolentino. Aunque de esta última y larga etapa suya tampoco conozcamos mucho, en Tolentino es donde se revela como personificación de una nueva espiritualidad y de toda una familia religiosa.

El ambiente

Lo primero que de nuestro Santo hay que decir es que es fruto y paradigma de su tiempo. En su persona se dan cita dos influencias ambientales, una general y otra más propia. Desde hacía tiempo, recorrían la piel de Europa escalofríos de ascetismo: bandadas de mendigos y penitentes vagaban por campos y poblados reclamando una Iglesia evangélica y pobre. De este fermento nacen las órdenes mendicantes. Nicolás de Tolentino, atento a los signos de los tiempos, será ante todo un asceta ejemplar.

No sólo el humus social; la propia raíz de su corporación le llevará a san Nicolás a las prácticas ascéticas. En 1256, año en que él entra en el convento de su pueblo, nace como tal la orden agustina, de la unión de varios grupos eremíticos. El convento de Sant'Angelo y los demás de Las Marcas pertenecían a los ermitaños de Bréttino, los más dados a los ayunos y a la austeridad. Aunque agustino durante toda su vida, Nicolás no ha podido eludir el influjo de la congregación madre. Muy al contrario, es heredero directo de su mejor tradición; la ha vivido en los conventos bretinenses, y la ha sorbido de los hermanos antiguos que ha conocido.

Su dieta

Para hacerse una idea del espíritu mortificado de san Nicolás, bastaba observarlo a la mesa. De no ser en caso de enfermedad grave, ayunaba cuatro veces por semana: los lunes, miércoles, viernes y sábados; estos días se permitía tan sólo una única comida, a pan y agua. Ni que decir tiene que a estas fechas de ayuno añadía todas las de adviento y cuaresma; con el agravante de que, en cuaresma, la atención al confesonario sólo le permitía desayunarse por la tarde.

Y, cuando no ayunaba, sano o enfermo, su alimentación era extremadamente parca, a base de verduras, legumbres y algo de pan. Que sepamos, en los últimos treinta años de su vida al menos, no probó la carne, ni leche, pescado o fruta. Con la particularidad añadida de que, para quitarle el gusto a la comida, cargaba aposta la mano en los condimentos y le añadía una buena porción de agua fría.

Especialmente reacio se mostraba a comer carne. A pesar de cuanto le insistían lo mismo frailes que seglares, mirando por su salud. Salía del paso trayendo a colación un razonamiento suyo muy particular, no inspirado precisamente en las normas de la dietética moderna: sería poca fe decía pensar que Dios, caso de quererlo sano y fuerte, hubiera dado virtud salutífera sólo a la carne, y no también al pan o a las verduras. Era tanto como invitarles a levantar la mirada hacia motivaciones y objetivos más altos; que el santo conoce el camino por donde va, y a quien le guía.

Incluso, a veces, su instinto ascético entra en colisión con lo que la obediencia le ordena. En estos casos, fray Nicolás no tendrá inconveniente en humillar su parecer y probar la carne, como con hermosos relatos ilustran varios testigos. A no ser que, ingenuamente, haga imposible la obediencia mediante algún milagro. Tal ocurrió en la «florecilla» que de él se nos ha transmitido, una de las más características suyas: «Le llevaron un día, para comer, dos perdices asadas. Dirigiéndose a ellas, Nicolás les ordenó: –Seguid vuestro camino. E, inmediatamente, las perdices echaron a volar». Nadie podría haber pensado más segura garantía del proceder y la vida de nuestro santo.

Otros ejercicios

Junto con la abstinencia de comida, no podían faltar otras mortificaciones. Su dormir era poco, y en un saco de los usados para paja, diminuto para su corpulencia; sin almohada ninguna en ocasiones, una piedra, ni sábanas o ropa de abrigo, pues le bastaba, para taparse, el propio manto.

Se flagelaba a diario con varas, disciplinas de cuerda o cadenillas de hierro. Asimismo gustaba habitualmente de otras prácticas de penitencia no menos tradicionales: la bolsa de habas sobre la cual se arrodillaba en su oración privada, o las losetas de mármol en que apoyaba brazos y rodillas mientras rezaba en invierno… Todo ello, desde luego, llevado a cabo con sigilo, porque así se disculpó una vez, al ser sorprendido «el padrenuestro debe decirse en secreto».

Hoy día, insensibles como somos a los valores de la mortificación, podemos no comprender las prácticas de san Nicolás. Quizá es poco razonable la lógica de los corazones inquietos que sólo encuentran descanso en Dios. Ascienden hacia El por medio de las criaturas, que aprecian y rebasan; el despojamiento de las cosas, la ascesis, no es en el santo otra cosa más que el vértigo de Dios.

Lo mismo habría que decir de la pobreza que, pocos años antes, había desposado san Francisco de Asís el amante y cantor de las criaturas, paradójicamente. La misma pobreza que Nicolás lucía como uniforme de gala en su único hábito, todo él un puro aunque limpio remiendo; que él bien se aplicaba a recosérselo cuando era necesario.