Infancia y juventud
Sant'Angelo in Pontano
Así se llamará el pueblo natal del Santo. Está situado en el centro de Italia, en una zona que es un auténtico vivero de santos; cerca de Sant'Angelo están ciudades como Asís, Foligno, Montefalco, Casia o Nursia, por citar sólo algunas que completan el nombre de santos universales. Se trata de una población cuya única nota de distinción está en su magnífica colegiata de San Salvador, atendida por los llamados «canónigos regulares». Estos, a diferencia de los monjes, eran sacerdotes dedicados a la actividad pastoral, pero vivían en común siguiendo el ejemplo y la regla de san Agustín.
También había en el pueblo un convento agustiniano. Lo llamamos así tan sólo porque observaba la regla de san Agustín; que aún faltan unos años para que nazca la orden agustina. Formaba parte de la llamada «congregación de Bréttino», una de tantas en que se asociaba la multitud de núcleos eremitas y monásticos tan abundantes sobre todo en la Italia central.
La casa de Compagnone
Los padres del futuro santo tienen nombres muy al gusto de la época; nombres que, ya de por sí, dan al hogar un cierto ambiente cálido y afectivo: su madre se llama Amada; el padre, Compagnone, «Compañero» en su equivalencia castellana.
En lo económico, no pasaban apuros; vivían, más bien, con desahogo y tranquilidad. Eran, por lo demás, buenos cristianos, de fe sencilla y honda, muy dados a las prácticas de oración y caridad.
Por eso, cuando los años de matrimonio iban pasando sin que tuvieran descendencia, Amada y Compagnone, preocupados, decidieron encomendarse a san Nicolás de Bari, uno de los santos más populares en aquel entonces. Le prometieron, incluso, consagrar a solo Dios el hijo tan deseado, para lo cual fueron en peregrinación a Bari, casi en el extremo sur de Italia. Pronto tuvieron un niño, que atribuyeron a la intercesión del santo, por lo que le pusieron su nombre. Así vino al mundo el año 1245 el futuro Nicolás de Tolentino; y, tras él, al menos dos hermanos más con que el cielo colmó de felicidad a aquella pareja ejemplar.
Las pocas noticias que tenemos referentes a la infancia de Nicolás, nos hablan de un niño formal y piadoso. Y nos conservan un detalle muy significativo: él era en casa el encargado de dar la limosna a los pobres. No podía haber tenido mejor escuela de humanidad. Desde temprana edad se le enseña a escrutar con mirada de fe la cruda realidad de la vida. Sus padres le empujan así a desarrollar el sentido de la solidaridad con los necesitados. Seguramente es aquí donde adquiere la capacidad, tan característica suya más tarde, de tratar a los menesterosos con toda naturalidad, como quien desde siempre se ha movido entre ellos.
Desde niño en el convento
El temperamento dulce y profundo del niño, lo mismo que los ánimos y el ambiente que en casa encontraba, lo empujaban al convento; su aspiración era vivir retirado para Dios, al estilo de los ermitaños agustinos de su pueblo. De modo que asistió a las clases que daba a los chiquillos el capellán de la colegiata y, en cuanto pudo, solicitó entrar en el convento. Apenas conocemos nada de esta decisión del santo; los testigos son pocos y, además, no concuerdan. Contentémonos con saber que Nicolás, a sus doce años, entra como «oblato» en el convento. Era costumbre muy extendida entonces: la enseñanza era muy elemental y no obligatoria; la impartía un sacerdote en la escuela parroquial. Quien quisiera estudiar más, tenía que ingresar como oblato –«interno» diríamos hoy, quizá– en un convento; sólo que se comprometía a profesar como monje, tras unos años. Es el camino que sigue Nicolás; y lo hace a gusto porque, en él, se dan cita dos aspiraciones, el estudio y la vida religiosa, ciencia y caridad en toda su plenitud.
Nicolás daba así un paso definitivo. Aunque fuera en calidad de oblato, había entrado en el monasterio. En adelante, iba a dedicar su tiempo y sus fuerzas a forjarse una personalidad sólidamente madura para el amor a Dios y a los hombres.
Después de tres años como oblato, con toda convicción y ánimo, dio el paso siguiente. A sus quince años, comenzó el noviciado. Estamos en 1260, y la orden agustiniana existe como tal sólo desde hace cuatro años; en 1256 la Santa Sede ha unido en un sólo grupo las fuerzas dispersas en los desiertos de Italia, y les ha dado un nuevo plan y una nueva misión. Los primeros tiempos son de ilusión y empuje, y Nicolás se empapará de ellos, hasta personificar el espíritu de la Orden recién nacida. A vivir este ideal se consagrará mediante su profesión religiosa el día 4 de marzo de 1261.
Apenas conocemos detalles de este tiempo, ni de los años siguientes, que Nicolás debe dedicar a la formación filosófica y teológica. Sí podemos decir que va forjando su mente y su espíritu para la vida sacerdotal y religiosa; y, en fin, que su físico alcanza la plenitud y se hace el de un joven notablemente más alto de lo normal –de unos 173 ó 175 cms. de talla–, de manos delicadas y dedos bien formados, con un rostro perpetuamente abierto a la sorpresa a través de grandes ojos almendrados.
Primicias sacerdotales
Había llegado el tiempo de la cosecha. Concluida su formación, Nicolás fue ordenado presbítero en 1269; lo consagró un santo obispo de la época: san Benito de Cíngoli. Se extendían ante él los anchos sembrados de Dios en el mundo; misión suya será esforzarse por recoger la mies, y ofrecerla sobre el altar al Dueño de ella.
De los seis primeros años de Nicolás como sacerdote sólo sabemos con seguridad una cosa: que cambió de residencia muchas veces. En su proceso de canonización declaran testigos que, durante este periodo, lo han conocido en al menos diez conventos distintos repartidos por toda la región de Las Marcas.
La explicación más probable de esta falta de estabilidad es que los superiores dedicaron a nuestro Santo a la predicación. Se usaba entonces seleccionar algunos religiosos que predicaran cuaresmas y advientos por las poblaciones de la región. Estos misioneros no tenían residencia fija, sino que eran asignados por temporadas a distintos conventos, según dónde les tocara predicar.
Apenas conocemos particulares de este primer ministerio suyo. Sí sabemos por declaración de un testigo que Nicolás era de trato afable, muy accesible y caritativo; y que todos le apreciaban y honraban.
Sin embargo, su salud era frágil, hasta el punto de no resistir las incomodidades y continuos cambios de este ministerio. Por ello, seguramente, los superiores lo apartaron de la predicación durante un año, y lo dedicaron al más reposado cargo de maestro de novicios.
Fuera que el Santo no se repuso convenientemente o que los superiores cambiaron de planes respecto a él, lo cierto es que, en 1275, Nicolás es destinado de forma estable al convento de Tolentino, donde residirá los treinta años que faltan hasta su muerte.
Tolentino era entonces una pequeña ciudad de Las Marcas, con unos dos mil habitantes en todo su término. Pero, a la postre, era ciudad, con todo lo que ello significaba; venía experimentando una fuerte expansión territorial y económica, basada sobre todo en el robustecimiento de los gremios –el de la construcción y los de canteros y carpinteros– y en la riqueza del municipio. A pesar de lo cual, se puede decir que el noventa por ciento de la población de Tolentino vivía al día, cuando no pasaba hambre. En esta ciudad residirá Nicolás, en el convento para 12 ó 14 frailes que los agustinos regentaban desde hacía más de treinta años.
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