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San Nicolás de Tolentino, 1305 · 2005

Muerte y glorificación

Después de 60 años de entrega espontánea y jubilosa a Dios y a los hombres, Nicolás estaba al límite de sus fuerzas. Como el bíblico ciervo sediento, venteaba la muerte cercana y la presencia plena del Amado.

El anuncio de la estrella

Una noche, tras larga oración, en duermevela mística, vio hacia oriente, en el cielo, una estrella muy brillante. Estaba justo sobre Sant'Angelo in Pontano, su pueblo natal. Absorto por el fenómeno, vio cómo la estrella descendía hacia el pueblo, al tiempo que aumentaba su fulgor. Luego volvió a levantarse y, trazando una parábola, vino a situarse sobre Tolentino, sobre el oratorio del convento. Así, varias noches, Nicolás siguió al ritmo de su corazón emocionado el curso de la estrella, idéntico siempre.

El padre estaba perplejo: intuía que había de ser un signo importante, pero no sabía interpretarlo. Al fin se decidió a consultar a un religioso venerable. La respuesta de éste lo dejó atónito: «La estrella es símbolo de tu santidad. En el sitio donde se detiene se abrirá pronto una tumba; es tu tumba, que será bendecida en todo el mundo como manantial de prodigios, gracias y favores celestiales». Su humildad no le permitía dar crédito a la interpretación dada.

A partir de este día no volvió a ver en sueños la estrella, sino despierto, y a la luz del día. Cuando iba a celebrar la eucaristía, la encontraba esperándolo a la puerta del oratorio. Lo precedía al altar y allí, sobre los candelabros, se mantenía toda la misa. Cuando el santo, tras la acción de gracias, se levantaba para salir, la estrella desaparecía.

Estaba claro que la estrella marcaba el final de la carrera, el reposo en el Señor de la eucaristía. Nicolás, astro brillante de santidad, estaba llegando a la meta. Aunque la estrella no se extinguirá, porque procede del cielo. «A los veinte años de la muerte del santo –dirá su primer biógrafo, que escribe en este tiempo–, el día del aniversario aún se hacía visible sobre el altar la estrella, y miles de peregrinos acudían a contemplarla». En la iconografía y en la fe del pueblo, Nicolás de Tolentino será ya para siempre el Santo de la estrella. Desde entonces, este signo celeste de su santidad ha orientado hacia Dios muchas miradas, y hacia el cielo muchas vidas.

Fallecimiento

San Nicolás pronto dejó de ver la estrella. Pasada la fiesta de san Agustín, no pudo levantarse a celebrar. Sabía que la muerte le rondaba, y no cesaba de orar. A veces se quedaba absorto, con la mirada fija en la imagen que siempre presidió su celda: era la Virgen –la bendita María , como él la llamaba–, cuyo nombre había llevado a flor de labios toda su vida.

Hasta la fiesta del nacimiento de la Virgen, el 8 de setiembre, se le vio inquieto, angustiado, sumiendo el cáliz amargo de la tentación. El día 8 se tranquilizó y pidió los sacramentos. En la madrugada del día 10 quiso despedirse de la comunidad y pedirle perdón. Inmediatamente suplicó al superior le trajera el lignum crucis; le tenía mucha veneración y le había costado muchas fatigas juntar limosnas para hacer, con sus propias manos, un valioso relicario donde todavía hoy se custodia. Lo recibió con júbilo, lo besó, se lo colocaron enfrente, donde pudiera verlo, clavó en él la mirada y ya no la apartó hasta que, enseguida, expiró. Era el día 10 de setiembre del año 1305.

Santo amigo y protector de todos

El santo popular no lo es por accidente, sino por carisma divino. Dios lo ha situado en un punto al que confluyen las miradas de los fieles; de modo que es un centro de vitalidad de la Iglesia, un ganglio linfático en el cuerpo místico de Cristo. Por eso rompe las barreras de la muerte. El pueblo llano lo ha visto próximo a sus preocupaciones y problemas diarios, y recurrirá a él después de muerto. El santo actuará compasivamente a las dos orillas de la muerte; la intercesión y el milagro son carismas que él ha recibido para servir a la Iglesia, en esta vida y en la otra.

San Nicolás de Tolentino tiende este puente de unión principalmente en dos puntos, los que le han hecho más popular en la historia.

Su solicitud por los pobres, enfermos y necesitados, el Santo la ha mantenido en la otra vida. Muchas poblaciones se han acogido a su patrocinio; en bastantes ocasiones, los artistas lo han representado atrayéndolas a sí, protector, al modo como la clueca cobija a sus pollos, o deteniendo con su mano sobre las ciudades las flechas de la ira divina.

Claro está que donde Nicolás se muestra Santo propicio es sobre todo en Tolentino, su ciudad. Pocos años después de su muerte, llevadas por la fe, visitaban su sepulcro multitudes venidas de toda Italia. Los favores se sucedieron en cascada, y hubo que abrir proceso de canonización. Y el simbolismo y la profecía de la estrella siguieron cumpliéndose a lo largo de los siglos; buena prueba de ello son los exvotos que, desde el siglo XVII, se conservan en el convento de Tolentino, más los miles de ellos que se han perdido.

No obstante, san Nicolás ha extendido su manto protector a toda la cristiandad. Como Santo sencillo que es, hecho al trabajo con los humildes, abre su mano al pueblo cristiano a través de los panecillos. Cuenta su biógrafo que cuando, en cierta ocasión, Nicolás yacía muy enfermo, al borde de la muerte, por inspiración divina pidió como medicina un trozo de pan de limosna empapado en agua. Una vez probado el pan, el enfermo sanó de repente.

La fe sencilla y honda del pueblo llano ha imitado este gesto durante siglos. Todavía ahora, en todo el mundo, se bendicen y distribuyen los panecillos de san Nicolás el día de su fiesta; y los fieles buscan en el recuerdo del Santo la protección divina.

Abogado de las ánimas

No sólo se preocupa san Nicolás de quienes sufren penalidades en esta vida. Seguramente, su patrocinio más característico es el de las almas del purgatorio. Así lo representan normalmente los artistas, y así lo reconocen los cristianos: sumido en la celebración eucarística, mientras, por su efecto, salen del purgatorio racimos de almas. También en este caso, el instinto de fe del pueblo ha condensado la personalidad benéfica del Santo en un episodio que de él se cuenta; y ha personificado en el Santo de la familiaridad la doctrina de la comunión de los santos.

Mucho han tenido que ver en ello las circunstancias. A Nicolás le toca vivir tiempos de especial sensibilización a esta verdad. El de la suerte de los fallecidos en amistad con Dios pero aún necesitados de purificación, es uno de los puntos doctrinales que en el siglo XIII está más de actualidad. Sobre él discutían con calor las Iglesias católica y ortodoxa. El interés de los teólogos y de la jerarquía pasará también al pueblo, y la doctrina sobre el purgatorio tomará forma en la espiritualidad y la piedad del pueblo fiel.

En 1274, en el segundo concilio de Lyon, la Iglesia declara por primera vez de modo solemne la doctrina católica sobre el purgatorio: «después de esta vida existen penas purificadoras para los que no están suficientemente limpios de sus pecados; penas que las oraciones de los vivos pueden aligerar». Pues bien, justamente por estas fechas, Nicolás de Tolentino vive una intensa experiencia mística. Y por obra de este acontecimiento se va a convertir en personificación y símbolo de una doctrina y una espiritualidad en boga.

Ocurrió poco antes de pasar a residir en Tolentino. Un sábado por la noche, caldeado en prolongada oración, fray Nicolás vio junto a sí el alma de un religioso que había sido compañero suyo. Venía a pedirle que celebrara por él la misa, pues estaba sufriendo las penas del purgatorio. Nicolás le hizo ver cómo, a pesar de su voluntad, no podía darle gusto, pues esa semana estaba encargado de celebrar por la comunidad. El compañero, entonces, le hizo ver el purgatorio: una inmensa llanada repleta de individuos de toda condición, edad y estado, que se retorcían en un mar de fuego.

Conmocionado por la visión, Nicolás refirió al superior lo ocurrido y le pidió dispensa de la misa conventual. Obtenido el permiso, la semana siguiente se aplicó con oraciones y penitencias a interceder por los difuntos. A los siete días, se le apareció de nuevo el religioso, ahora resplandeciente de gozo y de gloria, para mostrarle la eficacia de sus súplicas y agradecerle la caridad.

Junto a esta historia se recuerda también la oración de Nicolás por un hermano carnal suyo asesinado en circunstancias sospechosas; en este caso, la intercesión del Santo llega incluso a evitar la condenación de su hermano.

Nicolás, Francisco, Antonio: tal para cual

San Nicolás de Tolentino, en fin, ha recibido de Dios una misión concreta y perenne: la de encarnar el ideal agustiniano de la caridad entre la gente humilde; no la caridad reglamentada, uniformada o intelectualizada, sino la caridad espontánea y amable. La caridad ingenua.

Nace el Santo de Tolentino veinte años después de muerto san Francisco de Asís. Y, sin embargo, nos recuerda a él. En realidad, vive en la región limítrofe con la de Asís, región que Francisco y sus frailes tenían como propia. Y, además, durante la vida de san Nicolás, a fines del siglo XIII y comienzos del XIV, se están componiendo las Florecillas, y, en buena parte, los campos en que transcurren sus escenas son los de Tolentino, los de Las Marcas.

Esta, la de las Florecillas, es el aura que ambos, Nicolás y Francisco, tienen en común. Como también tiene sus «florecillas» populares un tercer santo de entonces próximo al de Tolentino, el franciscano Antonio de Padua. Aunque portugués de Lisboa, viene a instalarse por estas tierras benditas del centro de Italia. Muere en 1231, e inmediatamente es canonizado y elevado a personaje de leyenda: se convierte en el santo taumaturgo por excelencia. La iconografía lo representa con el mismo símbolo de san Nicolás, la azucena, que significa fineza de espíritu, simplicidad de alma.

Los tres, Nicolás, Francisco y Antonio, son santos amables y populares; de rasgos delicados y colores claros. Los tres son ascetas, pero suaves al contacto de los pobres; de rostro terso y mirada dulce, sin entrecejo. No son de los hechos con raíces de árboles; antes, al contrario, son santos sin nudos ni rugosidades. En uno la principal virtud puede ser la pobreza; en otro, la fe sencilla que mueve montañas; en el tercero, quizá, la exquisita caridad. Si es que las tres cosas no son una misma, en realidad. Lo cierto es que en los tres vive Cristo, que se ofrece a lo largo de los siglos como pan al alcance de los pobres.