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San Nicolás de Tolentino, 1305 · 2005 |
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OraciónClaro es que la ascesis no puede entenderse ni vivirse sin la oración, que es su savia vital. Sin ésta, la ascesis es sólo aspereza, mera contorsión. De ahí que, si san Nicolás fue un gran asceta, se debió a que era un orante extraordinario. » Lea la oración de San Nicolás No es difícil describir la jornada de oración de nuestro Santo. No tenía horario de rezos. En realidad, de pocos personajes se podrá decir tan fundadamente que toda su vida era oración. A tenor de las declaraciones de los testigos en el proceso de canonización, hemos de concluir que Nicolás de Tolentino consagraba a la oración no menos de 15 horas al día. Toda la jornada, a excepción de tres horas de sueño de 11 de la noche a dos de la madrugada–; otras tres –por la mañana, de 9 a 12– que dedicaba a confesar, hacer otros trabajos o leer y meditar en su celda; y, en fin, los tiempos correspondientes a las comidas, más algún rato de recreación comunitaria. Un horario tan sencillo como terrible. Jamás descuidó la asistencia al coro, al oficio divino, ni aun en lo más crítico de sus enfermedades. Era el primero en entrar y el último en salir. Ni dejó nunca la misa, su alimento. A veces llegaba al altar a duras penas, ayudándose de un bastón. Siempre, después de confesarse, cosa que hacía cada día. Lo que la eucaristía era para él lo entreveían las muchas personas que acudían a su misa, por ver al padre Nicolás, llorando, a cara descubierta ante su Dios. Descargaba luego los excesos del encuentro litúrgico en un sinfín de devociones y jaculatorias que le brotaban en cualquier momento y lugar. No es que el padre cumpla mejor o peor, o sea más o menos piadoso. Dios se ha apoderado de él; y la fiebre divina remite sólo en la oración. De modo que la oración va invadiendo todos los senos del alma y cada rincón de su vida. Y lo que nosotros juzgaríamos encogimiento o modestia timorata, en san Nicolás es entrega consciente y actual a Dios. Cuando por la calle, en la iglesia o en el confesonario lleva la capucha calada y los ojos bajos, hasta el punto de que penitentes asiduas confiesan no haberle visto nunca los ojos, ni aun la cara, no es por pusilánime o esquivo; tan sólo ocurre que está imantado en su más profundo centro. |
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