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San Nicolás de Tolentino, 1305 · 2005

Los tiempos que entonces corrían

San Nicolás no ha pasado a la historia como hombre ilustre por sus escritos o su ciencia; ni fue predicador renombrado, o un personaje memorable por sus dotes de gobierno. Al contrario, fue más bien un fraile llano, que nunca salió de su tierra natal de Las Marcas, la región centroitaliana que mira al Adriático; un fraile que vivió la mayor parte de su vida en la pequeña ciudad de Tolentino, al margen de los grandes núcleos y movimientos ciudadanos del siglo XIII.

Nada de ello fue obstáculo para que el Santo de Tolentino se convirtiera en el prototipo del religioso agustino. Debido, en primer lugar, a su temprana fama de santidad y a su gran popularidad como taumaturgo. Cosa que no habría conseguido de haber vivido en otra época.

Porque, en efecto, en el tiempo que le toca en suerte se dan cita dos fenómenos de gran importancia. Por una parte, en la Italia del siglo XIII, va tomando cuerpo un nuevo modo de vivir que se aparta del medieval. El campo empieza a perder importancia, en beneficio de la ciudad. La agricultura deja de ser la ocupación casi exclusiva, y cede el paso a la industria y el comercio, que enseguida toman fuerza.

Por otra parte –y debido principalmente a las transformaciones sociales que decimos– surge en la Iglesia una concepción nueva de la vida religiosa. Hasta ahora era el monje, apartado del mundo y dado por entero a la contemplación, el representante casi único de la vida religiosa eclesial. Al cambiar la fisonomía social de Occidente, también la Iglesia busca nuevas maneras de presencia y apostolado. Con el nacimiento en el siglo XIII de las llamadas órdenes mendicantes, se abre camino una nueva forma de vida religiosa. Los «frailes» surgen para predicar el evangelio en el nuevo mundo que se alumbra. Su campo de acción está en las ciudades, más que en el campo. Los medios que emplean son los adecuados para contrarrestar los efectos nocivos de la nueva cultura: al florecimiento del comercio y de una nueva clase rica, enfrentan la total pobreza personal y comunitaria; contra una civilización centrada sobre los valores terrenos y del hombre oponen la ascesis como modo de resaltar la soberanía de Dios sobre el mundo.

La orden agustina es una de las mendicantes. Se constituye como tal en 1256, en una «Gran Unión» de grupos eremíticos preexistentes. Y la santidad de Nicolás es la prueba de garantía del carisma que se ha empezado a vivir. Por eso, lo representarán siempre con el libro de las reglas en la mano; libro que, en ocasiones, mostrará abierto en la leyenda: «Observé siempre los preceptos de mi padre san Agustín».

Es natural, así, que, en la gran expansión que van a conocer, los agustinos propaguen la fama y el culto del Santo de Tolentino, y conviertan su figura en estandarte ondeado ante el mundo.

Como es natural, por otra parte, que san Nicolás sea punto de referencia de todos los movimientos y momentos de reflexión y reforma a lo largo de la historia de la Orden. Observancias y recolecciones han tratado siempre de volver a los orígenes, y siempre han visto en este santo la personificación más lograda del carisma agustiniano.