Alarva al dÃa 55: Portada y editorial
¿Una cultura laica?
Nuestra cultura necesita recuperar urgentemente aquella vieja aspiración socrática de definir exactamente las palabras e ideas. Sólo asà es posible detener la avalancha de confusión que pervierte el lenguaje y, con él, los debates en los distintos foros de la vida pública. La polémica sobre el laicismo es un buen ejemplo de lo que decimos.
El arzobispo de Pamplona, don Fernando Sebastián, sale al paso de esta confusión en un documento magnÃfico titulado "Lectura crÃtica al Manifiesto de PSOE".
Lectura positiva de la laicidad
De entrada la laicidad ha sido una conquista de la cultura europea que desconocen los fundamentalismos religiosos. Y consiste en la legÃtima autonomÃa del mundo, del hombre, de la polÃtica y de la cultura y la neutralidad del estado ante las diferentes preferencias de los ciudadanos en materia religiosa.
Más aún, el Estado reconoce el derecho a la libertad religiosa de los ciudadanos y hace posible el ejercicio privado y público de la misma sin hacer suya ninguna religión ni discriminar a ningún grupo por razones religiosas. En frase del arzobispo de Pamplona, laicidad serÃa la neutralidad religiosa positiva.
Benedicto XVI lo entiende asà en una carta dirigida a Marcello Pera, presidente del Senado italiano. La laicidad positiva no sólo no es hostilidad sino se convierte en un compromiso para garantizar a todos, individuos y grupos, el respeto a las exigencia del bien común, la posibilidad de vivir y manifestar las propias convicciones religiosas.
Lo cual, lejos de ser una concesión del Estado, es su deber, porque su función es reconocer y tutelar los derechos de la persona, entre ellos el ejercicio de la religión en todas sus manifestaciones.
La plaga del laicismo
El laicismo es otra historia. El laicismo es una actitud beligerante que intenta eliminar la religión de la vida pública como un fenómeno pernicioso para la convivencia humana, Benedicto XVI se refiere al laicismo como "una concepción arreligiosa de la vida, del pensamiento y de la moral: una concepción en la que no hay lugar para Dios, para un misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todos los tiempos y en todas las situaciones". La religión debe ser ignorada, marginada y polÃticamente reprimida porque "los fundamentalismos monoteÃstas o religiosos siembran fronteras entre los ciudadanos". ¿Se puede identificar sin más las religiones con los fundamentalismos como hace el documento del PSOE publicado a raÃz del XXVIII Aniversario de la Constitución? ¿No han sido los fundamentalismos polÃticos de corte ateo -comunismo, nazismo-, los causantes de las mayores tragedias humanas recientes? ¿No ha sido el cristianismo el inspirador de la Europa unida, libre y democrática después de la segunda guerra mundial, gracias a Adenauer, De Gasperi y Schumann?
El laicismo se manifiesta y toma cuerpo en "la hostilidad a toda forma de relevancia polÃtica y cultural de la religión; a la presencia, en particular, de todo sÃmbolo religioso en las instituciones públicas", asà como trata de impedir "a la comunidad cristiana y a quienes la representan legÃtimamente el derecho a pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y juristas".
El documento del PSOE antes citado sienta las bases ideológicas para justificar una asignatura como Educación para la CiudadanÃa que ha levantado rechazo y reticencias en los padres, responsables de la educación de sus hijos.





