Colegio San Agustín
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Alarva al día 52: Portada y editorial



Portada Alarva al día número 52Alarva al dí nº 52. Hoy día existe como un falso pudor en defender la grandeza de España en su historia. Y la más excelsa obra realizada por nación alguna –la integración de la América hispana y de Filipinas en la civilización- queda marcada por una pertinaz leyenda negra que no nos atrevemos a impugnar. Y los agustinos recoletos no repetimos lo suficiente la apasionante historia que en ese campo hemos escrito. Hace 400 años, a finales de mayo de 1606, llegábamos a Filipinas, una tierra a once mil quilómetros de España, en los límites del imperio. Si hoy Filipinas es como un oasis católico en el desierto pagano de Asia y es la cuarta nación del mundo por el número de católicos, con más de sesenta millones de creyentes -tras Brasil, Estados Unidos y México-, es porque unos heroicos misioneros agustinos, franciscanos, dominicos, jesuitas y recoletos evangelizaron aquellas tierras.

Filipinas, descubierta por Magallanes, no fue conquistada por los españoles hasta que en 1565 llega de México la expedición de López de Legazpi y de Urdaneta. A pesar de ser el territorio más aislado, sin tesoros ni botines, agustinos, dominicos, franciscanos y jesuitas se sumaron, llevados de su generosidad misionera, a la tarea civilizadora. Los misioneros no solamente llevaron a aquellas gentes una fe esperanzada que cambiara sus toscas creencias, sino que transmitieron todo un estilo de vida social, reduciendo a aquellas tribus a una vida en poblado con leyes de convivencia, desarrollo económico. Mientras los escasísimos soldados de España apenas vivían en tres o cuatro fuertes importantes –Manila, Cavite, Cebú, Zamboanga- los misioneros se desparramaron por todas las islas habitadas. Su obra fue difícil a causa de la lejanía, del clima ardiente y de la configuración geográfica del archipiélago, de los más de cien idiomas, de la dispersión de la población y de la escasez de misioneros.

Los agustinos recoletos, apenas nacidos, piden ir al archipiélago magallánico. “Son a propósito estos religiosos en tierra tan nueva por la pobreza y estrechez que profesan”, dictaminaba el Consejo de Indias. Se encargaron de las misiones más difíciles y alejadas. Bataán y Zambales, Mindanao, Palawan, Negros, Romblón, Mindoro, Bantón y Masbate serían islas separadas por cientos de quilómetros de mar. En todas ellas la población era escasa y muy dispersa, por lo que aumentaban los problemas. Siempre fueron escasos para la inmensa extensión de sus territorios. Pero aun así desde Filipinas prepararon misiones para China y Japón. Varias decenas murieron en tierras filipinas, la mayoría en los mares y tierras del sur, a manos de los piratas moros. De los 286 religiosos llegados a Filipinas en el siglo XVII 19 de ellos murieron en prisión, alanceados o acuchillados.

La obra civilizadora de los recoletos se extendía a todos los aspectos de la vida. Había que iniciar la tarea internándose para relacionarse con los nativos dispersos por el interior, en las montañas, e ir tomando confianza con ellos a fin de convencerlos de la necesidad de formar núcleos fijos y estables. Al mismo tiempo que la enseñanza de la doctrina cristiana, de la lenta transformación cívica, moral y religiosa, había que organizar los poblados con sus obras -viviendas, iglesia, calles, puentes y caminos...- y su organización social -alcaldes, jueces, etc.-. Allí dejaron ciudades con nombres tan españoles como Valladolid, Pamplona, Murcia o Calatrava, urbanizadas sus calles y organizada su convivencia civilizada. Hoy aquellas poblaciones son ciudades importantes y sus territorios están habitados por unos veinte millones de personas.

1898 supo del ocaso del sol español. El pueblo sencillo siempre estuvo con los misioneros, pero los cabecillas independentistas veían en éstos un enemigo de sus intentos. Treinta y tres religiosos perdieron la vida. Pero ya en 1906, tres siglos exactos de su primera llegada, volvían los misioneros recoletos a Filipinas llamados por los católicos, que añoraban su entrega generosa. De nuevo se extendieron por muchos de los ministerios anteriores, de nuevo tomaron iniciativas apostólicas.
Filipinas fue para los recoletos, como para agustinos, dominicos y franciscanos, trampolín para soñar nuevas empresas. De allí soñaron con conquistar para Cristo el Japón y China, organizando varias misiones, que sólo parcialmente prosperaron. Hoy 120 religiosos agustinos recoletos filipinos continúan nuestra historia y misionan por el mundo. Sierra Leona, Lábrea, Taiwan saben de su entrega. Hoy ellos dan lo que generosamente se les dio: la entrega a los demás por amor a Cristo.
Recordar los hechos dignos de todo elogio de los antepasados es dignificarse uno mismo, sembrar las semillas de un futuro de similares gestas e inmunizarse contra la ramplonería que nos quiere engullir. Evocar esos hitos es un deber de fidelidad al pasado, un aliento en el presente y un acicate para el futuro.

Fray Javier Legarra







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