Víctor Díez, investigador del CSIC
El colegio San Agustín es el telón de fondo permanente en la mayoría de los recuerdos de mi infancia y mi adolescencia. Fueron trece años llenos de experiencias difíciles de olvidar. Conocí a muchos profesores con los que siempre me llevé muy bien. Yo era un alumno tranquilito, así que muchas veces D. Miguel o D. Luis Torrecilla me mandaban salir a la pizarra para apuntar al que se portara mal cuando salían de clase.
El colegio como telón de fondo
Entre vasito y vasito de flúor, fuimos descubriendo la amistad, respeto, disciplina y, casi sin querer, llegamos a la adolescencia. Pluralizo porque no tengo ni un sólo recuerdo en el que no aparezca alguno de mis actuales amigos. Y es que entre las muchas cosas que agradezco al 'Sanagus', la más importante es el hecho de que allí encontré a unos niños que ahora son mis mejores amigos. Aunque no nos veamos tanto como nos gustaría, nos reímos mucho recordando batallitas en el cole. Por ejemplo, aquella obra de teatro en la que tuve que hacer de Peter Pan… O aquellos desfiles en carnaval…
Mi pasión por el fútbol fue en aumento. Me servía para desconectar de los estudios y conocer a gente… Y soñando con que algún día nos pondrían un campo de césped, llegó BUP, así sin avisar. De repente, 6 horas seguidas de clase , eso sí con dos recreos. Fue una etapa de muchos cambios. Nos costaba estudiar. Y ya no sólo éramos crueles a veces con alguno de nuestros compañeros, sino también con profesores. Desde aquí les agradezco su paciencia (pero que conste que yo seguía siendo un alumno tranquilito).
No sólo a mi sino a muchos antiguos alumnos se les irá la cabeza a Italia cada vez que escuchen la palabra 'BUP'. Una de las miles de anécdotas fue esta: desde primera hora Garayoa insistía en que no perdiéramos de vista nuestras pertenencias, porque íbamos a visitar una ciudad (no recuerdo el nombre) donde eran frecuentes los robos a turistas. Por la noche, nos enteramos que a Garayoa le habían robado la cartera. En Pucela nos esperaba COU. Fue un bombardeo constante de alusiones a la selectividad, a las notas de cort…. Yo lo resumiría en una frase: fue la confirmación de mi pasión por la física. La física simplemente me encantaba.
Pasión por la Física
Al año siguiente empecé la licenciatura de Física. Mi comienzo en la universidad coincidió con el comienzo de mi relación con Isa, mi vida. Ella siempre me ayuda un montón, los agobios típicos de la carrera eran más llevaderos. Durante los cinco años me acostumbré a hacer exámenes maratonianos, a estudiar muchas veces por mi cuenta y a visitar la cafetería lo menos posible. Tuve muchos profesores que, entre otras cosas, me enseñaron a cómo no dar clase. Y por supuesto, no puedo hablar deesta etapa sin mencionar a otro grupete de amigos y amigas. Un día de junio de 2003, nos reunimos junto con nuestros familiares en el aula magna: era el acto de fin de carrera. Éramos licenciados en Física. Yo tuve un sentimiento de satisfacción personal enorme y, aunque eso no da de comer, ayuda bastante.
En verano, recibí un mail de una científica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ella me propuso visitar el Instituo de Óptica en Madrid y realizar una pequeña prueba y acepté encantado. Después de hacerme a la idea de un trabajo lejos de la física, me hizo mucha ilusión una beca para realizar los estudios de doctorado. Y así fue como empezó mi aventura en la investigación. Llevó casi dos años aprendiendo muchísimo. Mi trabajo está relacionado con los láseres de pulsos ultracortos. Estos se caracterizan por sus elevadísimas densidades de potencia. Mi tarea consiste en estudiar los fenómenos que tienen lugar en determinados materiales cuando en su interior se enfoca un haz láser de este tipo y en buscar aplicaciones. Colaboran compañeros de Italia, Rumanía, Francia, Alemania, China… lo que hace que el ambiente de trabajo sea muy enriquecedor.
Mi primera conferencia
Como suele ser habitual entre los becarios pre-doctorales, este pasado diciembre fui a mi primer congreso. Yo, junto con mi jefe, acudimos al Material Research Society que tuvo lugar en Boston. Allí di una breve charla describiendo nuestro trabajo y vendiendo nuestros resultados. Para ser mi primera experiencia, no estuvo mal. Además tuve tiempo para hacer un poco de turismo. Boston es precioso. El río Charles la divide en dos dejando a un lado la Universidad de Harvard y al otro unos rascacielos salpicados por pequeñas capillas. Por cierto, también pude visitar el bar original Cheers en que se inspiró la famosa serie. Actualmente sigo con mis experimentos trabajando duro para el siguiente congreso, esta vez en Francia.






