Colegio San Agustín
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Crónica de una experiencia: Jornadas Mundiales de la Juventud

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Revista Alarva al día número 51

Alarva al día nº 51. La rutina universitaria continúa para mí, estudiante vallisoletano de fisioterapia, afincado en la capital charra. Las vacaciones de verano acabaron, y todas sus múltiples vivencias pertenecen ya al pasado. Entre ellas, aquella quincena de agosto en que viajé a centroeuropa bajo el marco de las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ). Como todas, esta experiencia estival aparece como lejana ya en mi memoria. Sin embargo, esa lejanía se torna diferente: no me es difícil rescatarla del mar de los recuerdos, tan pronto y con tanta claridad como se me antoje. Es ahora cuando me doy cuenta de que nosotros –los chicos y chicas que tuvimos la preciosa suerte de compartir ruta- acertábamos a la hora de elegir espontáneamente el adjetivo “inolvidable” como el propicio para definir la experiencia que acabábamos de vivir. Toda una experiencia. En la cuál, aun no recuerdo muy bien, me embarqué.

Mucho más que un viaje turístico

Revista Alarva al día número 51

O quizá sí lo sé. Tres principales fueron, recuerdo, los motivos que me impulsaron rumbo a Colonia. La necesidad de rellenar con ocio un verano merecidamente vacío en el plano académico fue el más banal de ellos. Más sentida era la curiosidad por verme rodeado de tantos jóvenes de tantos países diferentes, y todo ello en el contexto de un país, que por entonces, desconocía. Pero todo vuelo precisa de un impulso definitivo que nos separe del suelo. Para mí, ese aleteo fue la idea de que era Dios el nexo de unión y único sentido del viaje de aquellos jóvenes, cuyas vidas correrían paralelas durante unos días…

Pese a tratarse de un viaje con un gran atractivo turístico, éste no parecía ser la principal preocupación de los participantes en las JMJ. Y sí la concentración convocada por Benedicto XVI, a la cual se llegaría tras una peregrinación física, pero también espiritual. Aquello pintaba religioso. Lo era. De ahí que mi gente, aun sin salir de Valladolid, no se cansara de augurarme “unos felices días rodeado de curillas y monjitas, gente rarilla toda ella que seguramente no tenía nada mejor que hacer que dejarse llevar por el plan estival propuesto por sus seminarios, colegios o residencias universitarias”. Centros religiosos todos ellos, por supuesto.

Quiero reconocer que yo igualmente caí en este pensamiento, sin darme cuenta de que al mismo tiempo, para un millón de jóvenes en todo el mundo, yo era un curilla más.

Jóvenes cristianos de toda condición

Pero, ¡qué atrevida es la ignorancia!. Fueron tantos los “cristianos diferentes” que me encontré desde el primer día, que aquella teoría de los curillas que llevaba en mente no tardó en desaparecer, sigilosa, pero radicalmente. Resulta imposible que algo tan grande como esa Fe capaz de atraer a miles y miles de jóvenes de todo el mundo se deje amedrentar por modas, opiniones políticas, situaciones económicas, procedencias variopintas… De esta forma, el viaje resultó ser una pasarela en la que se exhibían igualmente rastas, que melenas multicolor o cabellos engominados, cada uno ataviado con sus prendas correspondientes, teniendo cabida todos, desde los más formales, a los más hippies. Nadie se interesó en preguntarlo, pero era indudable que allí convivió gente de derechas y de izquierdas, con sus vertientes extremas, es posible, pero reinaba en el ambiente la belleza de saber que allí nos unía otra cosa, algo mucho más importante. Quien se echa una mochila al hombro, repleta con lo imprescindible, y se lanza a lo desconocido no entiende de riqueza, sino de camino, de búsqueda, en cooperación con su semejante: el peregrino que le acompaña. La procedencia de los compañeros que allí conocimos no tenía más importancia que la de ubicarlos en el globo terráqueo… así surgieron, a modo de ejemplo, el palentino, el de Colmenar Viejo, el polaco de Varsovia, la de Taipei, el grupín de puertorriqueños… No era tan trascendente de donde partíamos, sino lo que íbamos buscando...

Todo lo expuesto pertenece inexorablemente al mundo de lo terrenal, y como tal, jamás debe ser confundido con lo espiritual. Por tanto, en el momento en que nos dejemos llevar por prejuicios del tipo a los expuestos, estaremos valorando en exceso lo terrenal, o desprestigiando lo espiritual. Errores. Grandes errores los dos.

Y es que son gestos, palabras, actitudes y disponibilidades para con los demás lo que de verdad nos identificará como cristianos, sin que exista la necesidad de ser nosotros mismos quien así vayamos pregonando nuestra fe.

Diversos caminos pero un mismo mensaje

Revista Alarva al día número 51

Relatar mis (nuestras) anécdotas, ilusiones, sufrimientos, alegrías ocurridas durante la aventura alemana -incluida la estancia durante una semana en Wilwerwiltz (Luxemburgo)-, hubiera sido más que suficiente para rellenar este artículo que se me propuso redactar. Eso hubiera resultado sencillo: bastaba con encontrar la libreta de notas que me acompañó, y a partir de ella improvisar un “cuaderno de Bitácora”. Sin embargo, puede que las vivencias personales de un desconocido condujeran a más de uno al aburrimiento, pues no pocas ediciones de esta revista necesitaría para ello. Además, un viaje de este tipo, que va más allá de lo puramente turístico, no se merece ser narrado de esa forma. Es por eso que preferí arriesgarme a profundizar en algo más delicado, como lo es la concepción y relación del joven cristiano con su entorno. Habrá quien en este sencillo texto encuentre material para una reflexión más compleja… y así poder comprender mejor a esos jóvenes cristianos que, como se escuchó en el Evangelio de Marienfield… vuelven a sus lugares de origen por distintos caminos, pero con un mismo mensaje

Alberto Fernández del Palacio







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