400 años del convento de la Acera de Recoletos
Ángel Martínez Cuesta
El convento que dio nombre a la Acera Recoletos
Como varias otras congregaciones religiosas, los agustinos recoletos llegaron a Valladolid atraídos por la presencia en ella de la Corte. La joven planta de la Recolección, nacida en Toledo doce años antes, acababa de recibir un importante espaldarazo de Roma y se sentía con ánimos para echar pie en las diversas regiones de España. Junto a ciudades universitarias como Alcalá, Salamanca, Huesca o Zaragoza, Valladolid sería uno de sus objetivos prioritarios.
Hubo que hacer frente a no pocos obstáculos. El intento de establecerse en la margen derecha del Pisuerga, tropezó con la oposición de los monjes y de otras comunidades religiosas vecinas, mientras que la insalubridad del terreno les obligó a abandonar las casas de la Puerta de la Pestilencia, a la derecha de la actual carretera de Madrid, donde se habían instalado a primeros de abril de 1603. En mayo de 1606 lograron trocarlas por otras de la antigua calle del Perú, en las inmediaciones del Campo Grande, y a ellas trasladaron su residencia definitiva.
Allí labrarían, a partir del 1612, su convento dedicado a San Nicolás de Tolentino y que daría nombre a la actual Acera de Recoletos. La construcción fue lenta. Se prolongó desde 1612 hasta la segunda mitad del siglo XVIII, en que levantaron la última ala del convento (1767) y la biblioteca (1768-73), y ampliaron el refectorio y otras dependencias comunes. Con todo, en 1648 ya estaba construida la parte esencial del convento.
En 1649 Tomás García comenzó la construcción de la iglesia definitiva según diseño del recoleto Lorenzo de San Nicolás (1593-1679), uno de los mejores arquitectos de la época. Todavía quedan en los archivos notas de pago a canteros, ebanistas, pintores y otros artífices. En 1656 se pavimentó la nave central, el antecoro, el crucero y cuatro capillas laterales. En los años siguientes se labraron las dos restantes. La capilla mayor, obra de Manuel Izquierdo, tendría que esperar hasta 1703. La iglesia era de una nave, con cimborrio y seis capillas laterales, en las que se veneraban una preciosa talla de la Virgen del Buen Viaje, donada a la comunidad en 1620 por Francisca de Lara, y un Ecce Homo, esculpido en 1641 por Pedro Salvador, un discípulo de Gregorio Fernández. Los altares del crucero estaban dedicados a la Inmaculada y a san Agustín, escoltado éste por los mártires recoletos del Japón. La capilla dedicada a la Virgen del Pilar tenía por patrona a la Real Chancillería.
Una comunidad numerosa
La comunidad fue siempre numerosa. En 1604 ya contaba con trece miembros. En la segunda mitad del siglo XVII y en la primera del siguiente rondaba siempre en torno a los cuarenta religiosos. Luego descendió algo, pero en 1808 todavía eran treinta y cinco. Con la Guerra de la Independencia comienza su decadencia, acelerada durante el trienio liberal (1820-23) y consumada en 1835 por las leyes desamortizadoras de Mendizábal.
Al principio de la guerra la comunidad compartió su casa con el ejército francés. A fines de 1809 fue disuelta y cada religioso se vio obligado a buscar su modo de vida. Varios se acogieron al régimen de pensiones del gobierno y ejercieron su ministerio sacerdotal en sus pueblos.Los había de Galicia y de Madrid, pero la mayoría procedía de pueblos de la provincia. En 1814 los recoletos recobraron su convento pero en un estado muy precario. Ya nunca podría albergar a más de 20 religiosos.
Víctima de la desamortización
Sus esperanzas fueron puestas a dura prueba durante el trienio liberal (1820-23), en que se les volvió a expulsar del convento. Esta exclaustración duró poco, pero creó en los religiosos una sensación de precariedad que muchos ya no serían ya capaces de superar. Los estudios bajaron de nivel y la comunidad, reducida al mínimo, se limitaba a malvivir alternando la vida conventual con el servicio a las parroquias rurales. En 1834 sólo contaba con ocho religiosos, que no debían de ver con buenos ojos orientación política de la nación. El gobierno les acusó de acoger a "personas desafectas" y en agosto de 1834 confinó a su prior, padre Mariano Antón, a Sevilla por un sermón "poco favorable a nuestras instituciones".
Poco después, en septiembre de 1835, el Estado se apoderaba del convento, confiscaba sus bienes y expulsaba a los religiosos, que tendrían que reconstruirse la vida en el siglo en medio de mil dificultades. El edificio fue puesto a subasta pública. Tras varias vicisitudes, el 2 de septiembre de 1862 Tomás Alfaro, que ya había montado en la iglesia una fábrica de lienzos, adquirió gran parte del edificio por poco más de 240.000 reales.
Cuna de misioneros
El convento fue casa de observancia y de culto pero desarrolló siempre una gran actividad apostólica. La presencia de sus frailes fue siempre frecuente en los pueblos de la provincia y también en los de otras vecinas, especialmente en cuaresma y en las fiestas locales. Los más visitados eran Cigales, Villabrágima, Bercero, Castromocho, Villamediana y Astudillo. Fue también casa de estudios y el segundo noviciado de la provincia de Castilla. Entre 1603 y 1800 profesaron en él 249 religiosos, distribuidos en tres periodos principales. Los candidatos a la vida clerical eran trasladados al noviciado de Madrid.
Residentes ilustres
Su novicio más célebre fue el beato Francisco de Jesús (1590-1632), nacido en Villamediana (Palencia) y profeso del convento en noviembre de 1615. En 1619 se embarcó para las misiones de Filipinas y poco después prosiguió viaje al Japón, donde tras nueve años de apostolado fecundísimo, fue sometido varias veces al suplicio de las aguas sulfurosas de Unzen y, por fin, quemado vivo el 3 de septiembre de 1632. En 1867 Pío IX le elevó al honor de los altares, junto con su compañero, el portugués Antonio de San Vicente. A su imitación nunca faltaron religiosos del convento en las misiones del Extremo Oriente.






