Voluntarios del colegio en Camboya

Alberto Míguez, Antiguo alumno del colegio y entrenador de baloncesto, enseña inglés a niños en Camboya junto a una amiga y compañera. Han dedicado sus vacaciones y el mes de julio a ayudar en el país asiático, costeándose el viaje y aportando dinero.

Los dos jóvenes se encuentran en Camboya trabajando en un proyecto de voluntariado con la asociación VFRCC (Volunteer For Rural Children in Cambodia), en el colegio Cristina English School.

Salieron de Valladolid el pasado 20 de junio y regresarán a primeros de agosto, una estancia que ha durado lo que les permite el visado, por el que han pagado unos 30 euros, además de los vuelos, y un pago diario de cinco dólares por parte de cada uno de ellos, en un país, cultura y costumbres totalmente desconocidas para ambos, viviendo una experiencia vital reconfortante.

«Llevaba un par de años sopesando seriamente la posibilidad de ir de voluntariado a algún país lo más lejano posible, aunque no sabía qué cosas podría hacer ni en qué ámbito», explica Alberto. Al mismo tiempo dio la casualidad de que una compañera, Clara, estaba en las mismas circunstancias y un buen día me preguntó «¿nos vamos a Camboya de voluntariado?» Unos meses después se encontraron sacando los billetes.

Al llegar al aeropuerto de Siem Reap, ciudad más cercana al proyecto, fue cuando comenzaron a tomar conciencia de dónde se estaban metiendo. Aparecieron los miedos a enfrentarse a una cultura completamente nueva, no poder estar a la altura con el nivel de inglés y si iban a ser capaces de aportar algo a esos niños; pero a la vez lo veían como un reto personal, un paso en todos los ámbitos y una gran oportunidad de coger experiencia haciendo lo que más les gusta, enseñar. Todo ese miedo desapareció nada más llegar. «Una decena de niños de no más de 10 años nos haciéndonos todo tipo de preguntas, dándonos dibujos y regalándonos una sonrisa.

La primera semana fue muy dura, pocos voluntarios y muchos niños. «Sin tener una idea exacta del nivel de cada clase nos lanzamos al ruedo. Nos preparábamos al milímetro las clases porque queríamos sacar lo mejor de nosotros para poder dárselo a los niños. Y ahí llegó el primer batacazo. Quisimos ensenarles tantas cosas en tan poco tiempo que nos dábamos cuenta de que los niños no daban más de sí».

Con el transcurrir de los días, Alberto y Clara tomaron conciencia de que lo importante no era la teoría sino entablar una relación de amistad con los niños, que sintieran el cariño y la confianza de personas completamente nuevas. «Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de que ellos tenían más cosas que enseñarnos que nosotros a ellos. Siempre con una sonrisa en la cara, con energía a raudales para cantar, bailar o jugar desde las siete de la mañana y siempre agradeciéndonos nuestra labor con dibujos y abrazos».

Los niños madrugan a las cinco de la mañana para ir al campo y ayudar a sus padres, algunos tienen historias detrás que ningún niño debería tener, pero los problemas personales de cada niño pasan a un segundo plano cuando llegan los momentos con estos dos jóvenes valientes.

Según describen Alberto y Clara, el proyecto son los niños, porque sin ellos el colegio no sería lo mismo. NO quieren dejar de lado a Pov y Sok Lea «que siempre están en el colegio ayudándonos en todo lo que necesitamos, encargándose de hacernos la comida, de comprar materiales y de hacernos sentir como si estuviéramos en casa». Puthy es el director que hace las labores de chófer junto con Pov, manejando los tuk tuk, carros tirados por una motocicleta con los que desplazan al colegio a diario y con los que enseñan en las horas libres los lugares más perdidos y preciosos de Camboya.

Cada día durante un mes han desayunado Clara y Alberto con una quincena de niños alrededor. Dan una hora de clase, tienen casi media hora de recreo y después llegan otros 30 minutos más de clase. Su petición desde nada más llegar es «teacher sing, teacher dance. La media hora restante antes de ir al Public School de la zona la pasamos bailando Macarena y el Saturday Night con ellos». Después dan una hora de clase de inglés en el colegio público de la zona a los grados cuarto, quinto y sexto y a eso de las once de la mañana regresan a Cristina School, que es donde viven. Tras la comida y unas horas de tiempo libre, unos deciden descansar, otros preparan las clases siguientes y otros dedican un poquito de ese tiempo a jugar con los niños. Entre las cuatro y las ocho de la tarde vuelven a dar clases de todos los niveles, desde el ABC elemental a Advanced. Esa es la rutina diaria de estos dos jóvenes voluntarios de Valladolid.

El recinto escolar no está solo dedicado a la enseñanza de la lengua inglesa. Es un lugar donde los niños se sienten libres, se alejan de la rutina diaria, son respetados y tratados como iguales. «Da igual que vivas lejos o cerca, que seas un niño o un adulto, que tengas mucho dinero o que no tengas nada. Aquí siempre eres bien recibido. Por eso, desde el primer momento, me di cuenta de que es mucho más que un colegio, es un hogar», resume emocionado Alberto mientras comienza a pensar en preparar el equipaje de vuelta a Valladolid, que vendrá casi vacío, porque casi todas sus cosas quedarán repartidas  entre las familias camboyanas.

El proyecto está pasando por un mal momento a día de hoy. Llega la época de lluvias en las regiones del sudeste asiático y la escasez de voluntarios se hace notar. El único apoyo económico directo que tiene este proyecto son los cinco dólares americanos que pagan al día Alberto y Clara por vivir esta experiencia, y ahora mismo no es suficiente. Es necesaria la compra de una furgoneta o un camión pequeño para poder llevar y traer a los niños con el mínimo riesgo posible. El único transporte que tiene el proyecto es un carro descubierto tirado por una moto bastante antigua. «El otro día, sin ir más lejos, casi tenemos un accidente debido a la lluvia, que forma grandes barrizales y provocaron que el carro lleno de niños resbalara y estuviera muy cerca de volcar», relatan Clara y Alberto, que terminan con una profunda reflexión «es triste, pero para sostener un proyecto como éste no basta sólo con la buena voluntad de mucha gente. El dinero es fundamental, y es algo que no tenemos en estos momentos».

Jota de la Fuente.

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