Domingo I de Adviento: Una maleta con nuestras ilusiones y deseos


Escrito por el P. Roberto Sayalero Sanz y extraído de la web AgustinosRecoletos.org

«Otros años este era un momento bonito porque uno escribía de alegrías, de ilusiones, de luces encendidas, de calles repletas… Pero este año quizá lo único bueno es que vamos a encaminarnos a la recta final de este 2020 aciago y luctuoso en el que tantos de los nuestros se han ido solos, sin poder, al menos, contar con el adiós de los suyos».

Aunque pueda parecer algo insignificante saber preparar una maleta no está a la altura de cualquier viajero novel. Hay que cuidar el doblado de la prendas para evitar arrugas y sobre la colocación para aprovechar al máximo el siempre escaso espacio. Es verdad que la maleta acaba digiriendo el atracón aunque los últimos “bocados” entren por la fuerza. De igual manera la Iglesia concentra en cuatro semanas todas sus ilusiones, anhelos, deseos, esperanzas. Cuatro semanas de ilusión con el fin de descubrir la presencia de Dios a nuestro lado, en nuestro hoy. Como pasa con la maleta, también hay que apretar para condensar en menos de un mes todos nuestros anhelos.

Otros años este era un momento bonito porque uno escribía de alegrías, de ilusiones, de luces encendidas, de calles repletas… Pero este año quizá lo único bueno es que vamos a encaminarnos a la recta final de este 2020 aciago y luctuoso en el que tantos de los nuestros se han ido solos, sin poder, al menos, contar con el adiós de los suyos.

Sin embargo, podemos identificarnos con el pueblo de Israel a quien el profeta Isaías se encargaba de espolear con el fin de que sobrellevaran de la mejor manera posible las adversidades, tomando conciencia de que ciertamente hay luz al final del túnel. Puede que las voces que por uno y otro lado nos hablan de vacunas sean un verdadero anuncio de que la salvación está cerca, que por fin vamos a defendernos de este bichito letal, que por fin vamos a liberarnos de estas auténticas cadenas que nos han obligado a guardar unas distancias que la naturaleza humana, hecha para el encuentro, no entiende y a duras penas soporta.

En lo que todo eso sucede, nosotros seguiremos deslizándonos por la cuerda floja que separa la paciencia y la prisa, una de las parejas más presentes en nuestro día a día. Son una nueva versión del agua y el aceite, pero éstas sí hemos de lograr que se mezclen para poder llevar una vida lo más apacible posible.

La prisa no nos deja estar tranquilos, quita la paz, nos hace correr por la vida, en vez de caminar, sin atarnos a nada ni a nadie. De esta forma se pasa por el mundo como si nada importara demasiado como para comprometerse de verdad.

Por otro lado está la paciencia que en nuestro tren vital de lo inmediato, suena a rancio, a consejo de abuela o a prevención mojigata. Eso, quizá le hace de ser necesaria en estos días, muchos de ellos grises, por tantas ausencias. La paciencia lleva consigo esperar y respetar los tiempos; desear la llegada de otro y esperar. Desear y esperar forman un binomio indisoluble, este sí.

Mientras que la paciencia nos acerca, la prisa puede alejarnos de lo realmente importante y hacernos inmunes ante las miserias que conviven con nosotros; nos ciega y nos hace perder de vista el sentido de las cosas.

Las lecturas de hoy nos invitan a permanecer firmes y vigilantes, atentos a los signos de la presencia de Dios en la vida diaria. El profeta Isaías refleja cómo el pueblo de Israel se siente como un trapo porque Dios le oculta su rostro por culpa de sus pecados, porque nadie invoca su nombre ni obedece sus mandatos. Pero a pesar de esta situación no están dispuestos a cambiar de conducta y volver sus ojos a Dios, el pueblo le pide a Dios que cambie pues, como dice el profeta, nosotros somos arcilla y tú nuestro alfarero, que vuelva, rasgue el cielo y baje. Este es el Dios goel, que tiende siempre su mano familiar y cercana en ayuda de los hombres. No es un Dios que actúe puntualmente sino que está comprometido totalmente con su pueblo. Es el padre misericordioso que nos acuna sentimos cerca y nos hace nos hace sentir solos y desprotegidos, si lo sentimos lejano.

Eso es lo que nos presenta el evangelio, Dios marchándose y dejándonos solos por un momento aunque nuestras prisas y nuestro egoísmo infantil hagan que la ausencia se nos haga eterna. Dios no tiene prisa, llega siempre a su hora, ni antes ni después. Marcos nos pide que estemos atentos y despiertos pues en el momento que menos esperemos, volverá, nos encontraremos con él. Pero esperar se nos hace interminable, no tenemos paciencia suficiente.

Entrar en el Adviento es asumir que el guía de la historia es Dios mismo. En este año tan especial no está de más caer en la cuenta de que el cielo se rasgará cuando tenga que ser, ni antes ni después. De esta forma, el corazón estará más a punto para cuando Dios sea un Dios-con-nosotros a quien poder mirar a los ojos.

Hagamos la maleta de nuestros sueños e ilusiones. Apretémoslos para que entren todos. Quizá lo único que podemos esperar en este Adviento es no empeorar, que no es poco, puede ser una clave para entender que Dios camina a nuestro lado, mientras llega la bendita vacuna.

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