Domingo V de Pascua: De Dios a Dios


Escrito por el P. Roberto Sayalero Sanz y publicado en la web de Agustinos Recoletos.

«En el evangelio de este domingo asistimos a la despedida de Jesús. Su adiós causa incertidumbre y tristeza entre los suyos, pero revela la pista infalible para llegar al Padre, que ha intentado mostrar a lo largo de su vida y su predicación. Él es camino, verdad y vida para llegar a Dios».

«¡Por favor, sálvame, llévame contigo!» Al saber que este era el grito de auxilio de un paciente a un médico de UCI en plena crisis del Coronavirus, a uno se le ponen los pelos de punta. Conforme van pasando los días comienzan a aparecer en la prensa testimonios de quienes han estado en la primera línea en la atención a los contagiados. Ellos han sido testigos de dramáticos finales o de heroicas recuperaciones, pero en sus pupilas, dicen, un factor común: el miedo tanto de los enfermos como de sus familiares ante la incertidumbre por no saber en qué va a desembocar un cuadro clínico tan misterioso como voraz.

En el evangelio de este domingo asistimos a la despedida de Jesús. Su adiós causa incertidumbre y tristeza entre los suyos, pero revela la pista infalible para llegar al Padre, que ha intentado mostrar a lo largo de su vida y su predicación. Él es camino, verdad y vida para llegar a Dios. Jesús intenta en su misión humanizar a Dios, acercárnoslo a la altura de nuestra vida, de nuestras preocupaciones, de nuestras alegrías. Conocer a Jesús significa experimentarlo en nuestro interior, abandonarnos a Él, echarnos en sus brazos amorosos.

El camino no es un libro de sugerencias, ni una guía de moral, ni una lista de prácticas ascéticas, ni una filosofía, ni un método, ni una técnica. El camino no es una ruta por la estratosfera ni algo distinto de la vida de cada día, con sus sorpresas, sus contratiempos, sus alegrías, sus detalles… Pero con un estilo diferente que nos haga llegar a la plenitud, como le sucedió a Jesús. Y ese estilo no es otro que el amor entregado incondicionalmente, sin hacer distinciones. Este camino no es ni ancho ni liso. El ritmo de cada paso lo marca el amor hasta llegar a Dios a través de los demás. Recorrer el camino de la vida en cristiano, no es sinónimo de mediocridad, ni de estrecheces, ni de encajonamientos, ni de cumplimientos, ni de sensibilerías, ni de cultos rancios, ni de tristeza, ni de caras largas. No es algo monótono sino que el paisaje va cambiando, El camino marcado por Jesús es siempre nuevo, al igual que la vida de cada día.

En cuanto a la verdad, nos habla de autenticidad. Podemos perdernos en un mar de caminos que prometen muchas cosas y de forma instantánea, voces de muchos pastores, como veíamos el domingo pasado, pero solamente una es la que nos lleva al Padre.

Si es camino y verdad tiene que ser vida porque Dios es pura energía vital que nos insufla a través de su Espíritu. Jesús vive en el Padre. No nos perdamos de nuevo en el trabalenguas teológico, hay muchas maneras de sembrar vida. En medio del absoluto dolor acariciar o tomar la mano a uno de los pacientes de la UCI es repartir vida, hacer presente al Padre en medio de la desolación.

La vida del creyente tiene origen y meta en Dios. Transitamos en nuestro día a día y no podemos permitirnos perder el tiempo, desgastarnos en lo inútil, como quien deja que se vaya el gas de un refresco. Nada hay indiferente. Busquemos la alegría verdadera, la sincera, la de la Pascua. No perdamos el tiempo disfrazados de Don Quijote, en envidias, odios y luchas estériles. Seamos al menos tan sensatos como Rocinante, algo es algo, y no dejemos desierta la respuesta a las grandes preguntas. Amemos como nos ha enseñado Jesús. Abramos los ojos, los brazos, el corazón a todos aquellos que necesitan encontrarse con Dios a través nuestro, a quienes sienten miedo porque no encuentran la ruta que conduce a la Vida.

Los discípulos se quedan solos y es ahora cuando toca continuar adelante, tomar la iniciativa. Él ya ha marcado la ruta. A nosotros nos sucede lo mismo. Ahora es nuestro tiempo. Sabemos, como ellos, que Jesús es el Camino que conduce a la Vida. Este es el quicio de nuestra vida cristiana. Cada uno, desde nuestra propia experiencia, sabemos que en medio de los baches del camino vamos acompañados por Él que es la Verdad y la Vida. Lo único que no se permite es sentarse y abandonar.

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