Domingo V del tiempo ordinario: El dolor no puede anestesiarnos


Escrito por el P. Roberto Sayalero Sanz y publicado en la web de los Agustinos Recoletos.

«El dolor nos somete a experiencias límite que nos dejan sin palabras. Y aquí la penicilina de la piedad se queda insuficiente. Es necesario encontrar a Dios a nuestro lado, sentir su presencia y considerarlo portador de una abundante dosis de sentido. Pero eso es algo personal y, como seguidores de Jesús, debemos estar preparados para experimentarlo con toda su hondura».

El horizonte de la enfermedad, del dolor, ahora más que nunca, se ha hecho nuestro compañero en el día a día. El dolor, la enfermedad, el mal, en una palabra, es un misterio que nos desborda, aunque tengo la sensación de que también nuestro oído se está acostumbrando a escuchar a diario el elevado número de muertos por el COVID: en España está semana han superado con creces los tres mil; y eso sí que es alarmante porque en nada la indiferencia hará que nos habituemos al sufrimiento ajeno como un ingrediente más de la sociedad.

El dolor nos somete a experiencias límite que nos dejan sin palabras. Y aquí la penicilina de la piedad se queda insuficiente. Es necesario encontrar a Dios a nuestro lado, sentir su presencia y considerarlo portador de una abundante dosis de sentido. Pero eso es algo personal y, como seguidores de Jesús, debemos estar preparados para experimentarlo con toda su hondura. No es ni mucho menos fácil sentirse abrazado y acompañado por Dios cuando el cuerpo se retuerce por el dolor o cuando en nuestro calendario los días están contados.

Seguramente que en algún momento, o quizá lo estemos viviendo ahora, nos hemos sentido como Job. Todo se nos pone en blanco y negro y contemplamos la realidad desde el cristal empañado por nuestras propias lágrimas y pesares. Está destrozado por el sufrimiento, sin horizonte; considera la vida un absurdo, convencido de que sus días se consumen sin esperanza y de que sus ojos no volverán a ver la felicidad. El problema que tenía Job no era de tipo racional sobre la existencia o no de Dios si no de llegar a experimentar su propia finitud y pequeñez frente a la grandeza de Dios. Y eso no se lo habían contado y, aunque lo hubiesen hecho, no deja de ser algo experiencial que todos estamos llamados a vivir para poder exclamar como Job: Sólo te conocía de oídas, ahora te conozco de verdad. Dios se manifiesta de una forma nueva y diferente. La experiencia de Dios es entonces mucho más personal que nunca y puede que no coincida con la que nos habían dicho ni los amigos, ni los libros, ni el cura de turno.

En el evangelio, Marcos quiere presentar a su comunidad a Jesús como un hombre que ha traído la alegría, la Buena Noticia, la salvación por el hecho de estar lleno del Espíritu Santo. Y eso no lo hacía con palabras huecas sino acompañado por las obras. Vamos a quedarnos con dos detalles. El primero el del final del relato, Jesús trae un mensaje universal, todos deben compartir su alegría por eso huye de las aclamaciones y los honores. Por otra parte, la curación de la suegra de Simón en la que Jesús se revela como presencia sanadora o sanante, es una fuente de vida y salvación.

Jesús se metió en los infiernos de la época, allí donde reinaba la desesperación y la falta de horizontes. Los enfermos del evangelio y sus familiares confiaban su mejoría en Jesús, y la consiguen. Lo cierto es que quien confía en él y se le acerca no terminará desilusionado y amargado como Job. Nosotros, sus seguidores, tenemos que continuar ese anuncio y estar cerca de aquellos que andan flojos de esperanza e ilusión, como Job, para ayudarles a descubrir el rostro del Dios que se arrodilla, y hace que vuelva a brotar la vida en medio del infierno del cáncer, especialmente hoy. El milagro de la vida lo seguimos llevando entre manos.

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