Domingo XXIX del tiempo ordinario: Un capricho diferente


«La oración de petición nos reconforta si parte de una fe madura y honrada que no le pide a Dios imposibles, ni intervenciones espectaculares y puntuales, sino que busca en el fondo sentirse acompañado. La oración pasa porque nos pongamos en manos de Dios, para que sea él quien nos ayude a continuar, a seguir adelante».
Domingo XXIX del tiempo ordinario: Un capricho diferente

En la niñez y adolescencia especialmente, somos un poco caprichosos, se nos antojan cosas a veces imposibles o poco apropiadas y otras no tanto. Sin embargo nosotros estamos convencidos de que en ellas se pone en juego nuestra felicidad. Sin esos zapatos estupendos, esa cazadora, esa moto o ese viaje no podremos ser jamás felices. Los medios sanos para conseguirlo suelen ser el dar continuamente la paliza hasta conseguirlo aunque no siempre se obtienen los éxitos esperados.

Una actitud semejante debe ser la nuestra en la oración, la de la continua insistencia a Dios para que nos ayude, para que nos acompañe, para que avive nuestra fe. Caemos fácilmente en la tentación de ver la oración como una tarjeta de crédito con la que accedemos al cajero, Dios, y si no nos responde pensamos que no nos escucha. Sin embargo con el pasar de los años, al echar la vista atrás, también se puede comprobar que Dios ha ido obrando en nosotros, dándonos no siempre lo que le pedíamos pero siempre aquello que nos convenía.

Entramos hoy en el capítulo 18 del evangelio lucano, Jesús opone la impaciencia de los discípulos a la necesidad de la oración. Ellos desean un cambio inmediato de la situación gracias a una intervención divina, pero Jesús les habla de la venida del hijo del hombre, es decir, de un triunfo de lo humano frente a lo inhumano, y no una venganza de Dios. No será pues una obra milagrosa de Dios sino su colaboración con aquellos que apelan a Él. En la parábola, la viuda puede representar hoy tantos y tantos olvidados y desfavorecidos a quienes se sigue, o seguimos dando largas, o lo que es lo mismo, representa a quienes no se deja que perturben nuestra vida o incluso nuestra relación con Dios.

A partir de aquí, surgen una preguntas ineludibles: ¿Creemos como cree esta viuda? ¿Creemos como cristianos o hemos preferido pactar con el sistema haciéndonos cómplices y no enemigos de la injusticia? ¿Creemos de verdad los que decimos estar con las viudas y pobres? Porque el Hijo del Hombre viene allí donde creemos y nos mantenemos en la actitud de la viuda, representante suprema de Dios. La oración de quien pide por los demás brota de un corazón generoso que ha entendido que la fe no es algo individual. Que el verbo creer se conjuga en primera persona y se vive a través del resto. La oración de quien sólo se mira al ombligo tiene el mismo valor que los billetes del Monopoli. Por último, la frase final del evangelio en la que se hace referencia a la fe parece ser una llamada de atención del evangelista a la comunidad postpascual que había caído en el desánimo y la tibieza.

Por otra parte, y llevando este evangelio a nuestra vida de cada día, sin perder de vista ni mucho menos lo que hemos comentado, ya que la preocupación por los más pobres es una obligación inherente al ser cristianos; en nuestra relación con Dios, a pesar de las dificultades, debemos intentar no caer en el desánimo, debemos recuperar esa ilusión de quien insiste porque confía en ser escuchado y se sabe querido y acompañado por Dios. La oración de petición nos reconforta si parte de una fe madura y honrada que no le pide a Dios imposibles, ni intervenciones espectaculares y puntuales, sino que busca en el fondo sentirse acompañado. La oración pasa porque nos pongamos en manos de Dios, para que sea él quien nos ayude a continuar, a seguir adelante.

Pase lo que pase, haya más motivos para llorar que para reír, no podemos perder de vista que la fe es motivo de alegría. Sí, motivo de alegría, Y si lo enlazamos con el evangelio de hoy, motivo de alegría por tener a un Dios humano que nos escucha y auxilia; que nos reconforta y anima. Ese el núcleo de nuestra fe, la del Dios lleno de ternura que tiene que ser fuente inagotable de alegría. Creer es una opción personal, una opción por la alegría. Debemos tomar conciencia de nuestra responsabilidad de contribuir a que esta alegría que sustenta nuestras vidas se extienda lo más posible. y eso sí que tiene que ser un capricho.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España). Extraído de http://www.entrayveras.org/

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