Domingo XXXII del tiempo ordinario: Siempre encendidos


Extraído de la web agustinosrecoletos.org

Escrito por el P. Roberto Sayalero Sanz

«¿Cómo mantener viva la llama? Aunque parezca una contradicción cuanto más nos damos a los demás, cuanto más sincera es nuestra entrega desinteresada, más fuerte es nuestra luz, más amplio el resplandor e intenso el calor que desprendemos».

Hace nueve meses menos un día, el 9 de febrero, en el quinto Domingo del tiempo ordinario, Jesús nos decía que teníamos que ser sal de la tierra y luz del mundo. Ahora cuando se va terminando el tiempo ordinario de nuevo aparece la luz, de nuevo se pone el acento en nuestro ser luz.

La llegada del Reino se compara con una fiesta de bodas. Se exige fidelidad constante, tener aceite suficiente, por eso las sensatas no comparten el aceite con las necias. No es por egoísmo. Es que resulta imposible iluminar, amar en nombre de otro. Nuestra llama no puede prender con aceite prestado. Dar sentido a la vida no se puede improvisar en un instante, en un chispazo. Es suficiente con lo que hay de Dios en mí para poder iluminar; es un magnífico combustible ir descubriendo la presencia de Dios en nuestras vidas.

Nuestro ser luz se concreta en conseguir que todo quede iluminado a nuestro alrededor, acabar con las múltiples oscuridades que rodean nuestra vida. La luz resalta la variedad de tonalidades; nosotros tenemos como tarea defender esa variedad, luchar por que todos tengan algo que decir y puedan mostrarse como son.

¿Cómo mantener viva la llama? Aunque parezca una contradicción cuanto más nos damos a los demás, cuanto más sincera es nuestra entrega desinteresada, más fuerte es nuestra luz, más amplio el resplandor e intenso el calor que desprendemos. Así que si pasamos el día mirándonos a nosotros mismos o somos ajenos a los problemas de los otros, nuestro depósito se vaciará rápidamente y la llama se apagará. Esto que se dice fácil puede ser complicado de reconocer. A veces estamos tan embebidos en nuestras cosas que nos cuesta caer en la cuenta en que solo estamos dando luz a nuestros intereses, que no somos tan buenos y generosos como creemos.

No pierdas el tiempo y abre bien los ojos. La sabiduría, como nos dice la primera lectura, Dios mismo, merodea por tus alrededores. Déjate atrapar, encandilar por Él y no ahorres esfuerzos a la hora de iluminar a los demás. La vida solo llega a su plenitud cuando se da, cuando se gasta con aquellos que te necesitan. Esa es la clave para no dejar de ser luz.

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