La profundidad de la mirada: un apostolado educativo para el joven de hoy

Por Roberto Sayalero OAR

Extraído de https://agustinosrecoletos.org

1. Abrazar el presente

Sabemos que el pasado ya no está y el futuro, además de incierto, es, como dicen los sabios orientales, un sol lejano en el horizonte de la imaginación. Con lo cual estamos “condenados” a vivir y trabajar en el ahora intentando paladearlo de manera que podamos sacar de él el máximo jugo posible.

La acción pastoral, como la vida, es siempre un viaje, jamás un destino y por ello tenemos que aprovechar cada momento sin despistarnos demasiado en lo “por venir”, aunque nuestras metas y sueños sean la energía que nos mantiene despiertos y dispuestos a seguir creciendo y superándonos día a día.

De nada sirve pasar la vida persiguiendo un supuesto cofre del tesoro si luego resulta que está vacío y hemos ido desperdiciando un montón de piedras preciosas por el camino. Saber disfrutar y agradecer los mil y un acontecimientos cotidianos, estar contentos con lo que tenemos en vez de preguntarnos o lamentarnos por lo que nos falta es el camino para aprovechar al máximo el “ahora”. Vivir de los “ahoras” es más sano que de los “ayeres” o de los “mañanas”.

La acción pastoral, como la vida, es un viaje, jamás un destino; y por ello tenemos que aprovechar cada momento

a. ¿La Pastoral y la Escuela están en crisis?

Nos ponemos serios después de cargar las pilas sobre la necesidad de vivir y exprimir el presente para abordar la tan traída y llevada palabreja que nos acompaña desde hace tiempo.

Analizando más fríamente las cosas, no son pocos los pensadores que dan las gracias a la crisis. Cierto es que los momentos de dificultad son una buena tierra de cultivo para el ingenio y que el hecho de que se nos mueva el suelo donde creíamos estar muy bien asentados nos impulsa no a cruzarnos de brazos, sino a imaginar una nueva manera de enfrentar la realidad.

Respecto a la Escuela católica se plantean demasiadas preguntas que siempre tienen que ver con la eficacia. A veces uno llega a pensar que en bastantes ambientes religiosos se confunde los centros de enseñanza con una especie de factorías donde los católicos maduros salen en serie por la cadena de montaje.

A la Escuela Católica siempre le pedimos eficacia, como si fuera una cadena de montaje de católicos maduros

De este modo se plantean preguntas nada inocuas para quienes se curten a diario en las aulas. Ejemplo de ellas pueden ser estas: ¿Anunciáis a Jesucristo en la escuela? ¿Vale la pena hacerse cura, monja, religioso para dar clase? ¿Qué aporta la consagración o la vida religiosa si no se evangeliza? Hay otros campos de evangelización más urgentes y la escuela, como antes los hospitales, terminará siendo bien atendida por el Estado.

¿Es solo cuestión de terminologías? ¿De eficacia? ¿De sembrar? ¿De recoger? ¿De obligar? ¿De elegir?

b. ¿Quiénes son los destinatarios?

No es el objeto de esta reflexión hacer un análisis exhaustivo de la realidad juvenil, pero es necesario marcar unas líneas maestras. Cuando hablamos de jóvenes vamos a fijarnos especialmente en el período comprendido entre los dieciséis y los veinticinco años. Cierto es que más allá de los dieciocho se encuentran fuera de la etapa escolar, pero este arco de nueve años permite trazar un perfil bastante real.

Hablar de jóvenes creyentes y comprometidos supone un tanto por ciento del alumnado de nuestras escuelas, pero no el mayoritario, como sucede en la sociedad. Nuestras sociedades o están secularizadas o avanzan hacia ese estado a pasos agigantados. Si queremos hacer pastoral no podemos negar la realidad, aunque sea dolorosa.

En América sería un error pensar que la práctica masiva lleva consigo una población profundamente evangelizada en las jóvenes generaciones. De igual manera que la moda juvenil es semejante en Australia que en Perú, en Azerbaiyán que en Argentina, los jóvenes se hacen idénticas preguntas y tienen semejante necesidad de ser escuchados y acompañados.

Los jóvenes tienen necesidad de sentido, de ser evangelizados, de ser escuchados, de ser acompañados

Como jóvenes, tienen el derecho de que la sociedad y la Iglesia canalicen y orienten su potencial de cambio, su ansia de construir un mundo sostenible y habitable. Tienen la misma necesidad de sentido. Por tanto, tienen la misma necesidad de ser evangelizados. La vieja cristiandad nos sirve de fondo de armario pero no es un traje de faena adecuado para estos nuevos tiempos, como vamos a abordar un poco más adelante en nuestra reflexión.

2. Primer Objetivo: Construir ambiente de verdadera comunidad

El objetivo de la pastoral educativa de los Agustinos Recoletos tiene que ser la comunidad. Nuestra vida gira toda ella alrededor de la comunidad, como centro y único modo de vida posible.

Una de las tareas básicas es la de orientar hacia el descubrimiento de la verdadera amistad, aquella que no se ahoga en una única relación hasta hacerla exclusivista, sino que favorece la comunidad creando lazos de respeto, sinceridad, fidelidad mutua, creatividad, sin ocultar los defectos, pero tampoco exhibirlos, sino solamente para mejorar.

Quienes vivimos en comunidad sabemos por propia experiencia que pretender que todos tengamos la misma relación en una comunidad, la misma confianza, idéntica confidencia, sería ahogar toda posible amistad. La uniformidad es una caricatura irreal de la vida concreta de cada día y una reducción de la riqueza personal al molde común que adocena y limita. La disponibilidad es el mejor termómetro del compromiso comunitario.

Dice un proverbio chino que la mano que te da una rosa siempre conserva algo de fragancia. Es decir que, cuando trabajas para mejorar la vida de los demás, indirectamente estás mejorando la tuya; si ayudas a crecer, tú también creces.

La disponibilidad es un termómetro comunitario, como lo es trabajar por mejorar la vida de los demás, darnos a los demás tomando conciencia de pertenencia a una familia

Para mejorar la calidad de vida y construir comunidad, tenemos que volver a cuestionar el porqué de nuestra existencia, pues al mundo vinimos sin nada y sin nada nos iremos de él. Por ello la única razón que puede hacernos verdaderamente felices es darnos a los demás dejando nuestra visión individual y tomando conciencia de nuestra pertenencia a la gran familia humana, para la que hemos de construir un mundo cada vez más habitable. Al abrir las ventanas de nuestro yo, la brisa de una visión más agradable de la realidad acaricia nuestro rostro.

La plenitud de la vida se cifra en la capacidad de compasión y bondad que somos capaces de poner en práctica. ¿Te has parado a pensar alguna vez en el bien que vas a hacer a lo largo del día o en el que has hecho? Meditemos sobre la bondad para ver de qué manera ser más bondadosos y más comprensivos, pues también hay que hacer memoria de las veces en que no hemos actuado bien y reconocer nuestras limitaciones frente a las virtudes y cualidades de los otros. Las palabras sinceras de ánimo y elogio para quienes no las esperan, los gestos de afecto y cercanía a quienes los necesitan, las muestras de cariño a tus seres queridos… suponen una apuesta directa por el crecimiento ajeno.

Por experiencia sabemos que una palabra amable, un elogio, un beso, un abrazo, en un segundo pueden lograr sanar un dolor enquistado desde hace semanas, meses o años, incluso. Ser amable es la mejor forma de mostrar alegría y entusiasmo.

Decía Teresa de Calcuta que la calle estaría más limpia si cada uno se encargara de limpiar el espacio delante de la puerta. La vida cobra su verdadero sentido cuando nos dedicamos de verdad a ayudar a los demás; o si no, pensemos cuándo nos sentimos mejor, si cuando hacemos un favor a alguien o cuando le hacemos una faena.

Cuanto más felices nos sentimos, más nos apetece ayudar a los demás. Es como el boxeo: es mejor dar que recibir

Cuanto más felices nos sentimos, más nos apetece ayudar a los demás. La recompensa emocional de hacer algo por los demás está aneja a la misma acción de dar, pues al igual que en el boxeo, es mejor dar que recibir. Pocas cosas nos proporcionan tanta satisfacción como el ser amables, ayudar a alguien, compartir, sentir que has puesto tu granito de arena en la felicidad ajena.

Otra vez Teresa de Calcuta nos advierte: Que nadie llegue jamás a ti sin que al irse se sienta un poco mejor y más feliz. Cada uno sabremos si esta frase es aplicable a nosotros.

3. Segundo objetivo: Evangelización y pastoral vocacional

Los centros educativos son en sí mismos canteras vocacionales en el mejor de los sentidos. Los alumnos tienen derecho a que se les presente la forma de vida cristiana como una propuesta válida de sentido para sus vidas. La comunidad cristiana y, por extensión, la agustino-recoleta, hunde sus raíces en el modo de vida de Jesús como vía de acceso a la felicidad y a la plena realización del ser humano.

Quizá pueda llamar la atención el título de este apartado. La conjunción copulativa tiene toda la fuerza. Los centros educativos agustinianos, como hemos visto, insisten en la vida interior, en la solidaridad, en una forma diferente, evangélica de atender a la realidad. Pero eso no es suficiente.

No basta con la evangelización ambiental sino que esta es plena, es decir, el proceso evangelizador llega a término, cuando el sujeto responde afirmativa y comprometidamente a la llamada que Dios le hace en medio de la circunstancia vital en que se encuentra.

La evangelización solo es completa cuando nos preguntamos por nuestro compromiso ante la llamada de Dios

Una vez formulada y concretada la respuesta, el proceso evangelizador solamente necesita de constancia. El asentimiento ya se ha dado, ahora hace falta concretarlo. A veces este punto se vive con demasiada ligereza en las comunidades debido, muchas veces, a un pesimismo escéptico, a un bajar los brazos porque ya no hay fuerzas para remar.

Quizá, a veces, el problema no está en la intensidad con la que se rema sino en el rumbo a donde se hace. Por esta razón tiene una importancia vital cuidar el ambiente, de modo que el paso al frente hacia la consagración esté dentro de la lógica normal y no constituya un acontecimiento tan extraordinario como inusual.

Todo lo dicho se encamina a instaurar, o mejor dicho, a impregnar nuestros centros educativos de una verdadera cultura vocacional de forma que promovamos el seguimiento de Jesús de forma que todos nuestros alumnos sean capaces de sintonizar (afirmativa, tibia o negativamente) con el deseo que Dios tiene para sus vidas.

Con todas las bondades que, indiscutiblemente, tiene la misión compartida en cuanto a que los laicos encuentran o, mejor dicho, ocupan el espacio que les es propio; y más en el terreno escolar, que requiere tanta especialización específica que trae consigo una falta de referentes religiosos.

La presencia de frailes en la vida escolar es cada vez menor, por lo que la fuerza de su testimonio vocacional como consagrados pierde demasiados enteros, con las consecuencias que ello acarrea. Ante este panorama pueden darse dos situaciones negativas: por un lado, el que llegue un momento en el que no haya con quien “compartir la misión”; y por otro, el del neoclericalismo que busque afirmarse en un entorno lleno de laicos.

La poca presencia de religiosos o el destierro de la palabra "siempre" son condicionamientos importantes

Además de estos “condicionamientos ambientales” que pueden ayudar o frenar el proceso de discernimiento vocacional, acontecen otras circunstancias a nivel interno donde la labor pastoral, en forma de acompañamiento, se hace más que necesaria.

Los miedos y las dudas los suscita en primer lugar la idea de un compromiso para el resto de sus días. Nuestra sociedad ha guardado en el armario la palabra “siempre”. La dimensión definitiva de cualquier compromiso se ha diluido. Podemos estudiar el porcentaje de bajas voluntarias en los puestos de trabajo, el numero de defecciones o el numero de separaciones matrimoniales. El “sí para siempre” produce vértigo.

A este “temor” se une, en segundo lugar, la incertidumbre ante si de verdad la consagración responde a una verdadera llamada, o es un estado pasajero, o una tentación de huir del hoy cotidiano y de sus gentes.

4. Últimas llamadas

Como punto final a esta reflexión en la que se han presentado las características fundamentales de la identidad de nuestros centros educativos y el cómo hacer en ellos una propuesta pastoral seria que llegue al interior del alumno y le ayude a madurar en su fe, me atrevo a sugerir unos mínimos que deberían estar presentes en los planes de acción pastorales de nuestros centros educativos, además de los que aparecen en el nº 3 del Proyecto Educativo Institucional:

  • Pastoral sacramental
  • Compromiso social
  • Comunidad
  • Oración, reflexión, sentido crítico…

5. Epílogo: El coeficiente de resistencia al cambio

Examinemos nuestra ilusión y veamos nuestra disposición a acomodarnos a estos nuevos tiempos que nos toca vivir y que dentro de unos años veremos caducos porque llegarán otros.

Por experiencia sabemos que en cada momento clave de la vida tenemos que renunciar a una parte de lo que somos para llegar a ser lo que de verdad podemos ser. Los cambios gratuitos nos son cambios. En la vida no se admiten devoluciones. Son situaciones semejantes a los saldos, pero aquí las “ofertas” llevan consigo que seamos capaces de transformarnos para ir haciendo cada vez más nuestro el tuétano vital.

En los momentos “críticos” se abre un horizonte ante el que debemos reinventarnos, morir o hacer morir una parte de lo que somos para renacer hacia algo nuevo.

La crisis propicia el cambio. La rutina deriva en crisis porque el inmovilismo es insostenible. Es, y perdonad la expresión, la antesala de la muerte. Solamente la profundidad de la mirada nos permite orientar el apostolado educativo para el joven de hoy.

Ante la crisis debemos reinventarnos desde una mirada profunda, transformarnos y morir o hacer morir una parte de lo que somos y hacemos para renacer hacia algo nuevo

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