El P. Garayoa comprometido con los hispanos en el sur USA


Los Agustinos Recoletos están en la ciudad estadounidense de El Paso (Texas), una de las “fronteras calientes” del mundo por su cercanía con la ciudad mexicana de Ciudad Juárez. De la mano del P. José Luis Garayoa nos adentramos en el Centro de Procesamiento de Deportaciones de la administración estadounidense, donde atiende pastoralmente a quienes están a punto de ser expulsados del país.

Muchos habitantes de Latinoamérica deciden intentar hacer realidad ese slogan suficientemente publicitado como para que llegue a cada rincón de nuestro planeta: el sueño americano. La mayoría se arruina pagando coyotes sin escrúpulos para los que no cuentan las muertes, sino el dinero.

Aprendí en Sierra Leona que el miedo es el asesino del corazón humano. Aquí, en El Paso (Texas), también. Miedo a salir a trabajar, miedo a llevar a los niños a la escuela porque llevan en sus caras la huella genética profunda de sus antepasados. Miedo a ser denunciado por quien considerabas tu hermano. Y el miedo duele.

Hay leyes que facilitan la convivencia y otras que, por el contrario, sacan de nosotros lo peor: los celos, la envidia. Hoy se repite esa historia camuflada con la excusa de que los migrantes nos quitan el trabajo y nuestros privilegios. Pero, en vez de imitarlo, denuncio a mi hermano bueno, profesional, honrado…, para que lo deporten porque es ilegal -si es que alguna persona puede recibir tal adjetivo-, porque no tiene papeles y su honradez me deja a mí, que tengo el pasaporte y soy ciudadano de pleno derecho del país, sin trabajo. El miedo no solo mata el corazón, sino que nos condena al silencio.

La Iglesia, una vez más, ha decidido dar la cara por los migrantes y ser una luz en la oscuridad, sacudiéndose los miedos. Poned en acción vuestra fe, suplicaba nuestro obispo de El Paso, Mark Seitz. A los sacerdotes nos pidió vestir alba y estola en frente de nuestras comunidades, en una manifestación por el centro de la ciudad. Terminamos la jornada unidos a los ministros de otras confesiones religiosas en una Vigilia de Oración en la Catedral. Se nos pidió mirar al migrante con los ojos de Jesús. Las fronteras existen en los países, no en la Iglesia, nos recuerda frecuentemente el Papa Francisco. Y nosotros debemos ser testigos de esa verdad acogiendo al forastero, porque vivimos en una zona de frontera, privilegiada para cumplir la bienaventuranza.

Individualmente es muy poco lo que podemos hacer. En mi caso, procuro estar cerca y no quedar paralizado por el miedo al no tener, yo mismo, una situación migratoria estable definitiva. Si algo he aprendido a lo largo de los años es que mi vida no está en manos de los rebeldes, ni en las de un virus, así se llame Ébola, ni en la Policía de Migración. Mi vida está en manos de Dios, y no puede estar en mejores manos.

Confieso los jueves en el Processing Deportation Center (Centro de procesamiento de deportaciones), y los viernes celebro la Eucaristía primero a los hombres y luego a las mujeres. Debo seguir las normas exigidas para poder asistirles religiosamente. Entre ellas la de la confidencialidad de lo que allí sucede. Tampoco puedo tomar fotografías.

Pero, como casi siempre, son las fotografías del alma las que cuentan. Esas que te van marcando a fuego con cada historia escuchada, con cada lágrima enjugada…

“Padrecito, Dios sabe el por qué suceden las cosas, pero lo he llegado a entender aquí. Gracias por sus palabras en las Eucaristías. He decidido comenzar una nueva vida con mi familia y ser buena. Me deportan el lunes, pero me voy contenta. Rece por mí”

Y, de pronto, la pregunta:

“¿Puedo darle un abrazo?”

Dudo, porque sé que va contra las reglas que yo firmé un día.

En aquella habitación fría, con mesa y bancos de acero inoxidable anclados al suelo, recuerdo a Ibrahim, de Kanikay, en Sierra Leona, cuando me saltó a los brazos en los tiempos del ébola gritando ¡Grandpa!, el apelativo cariñoso, “abuelito”, con el que me llamaban.

Y, a pesar del miedo al contagio, me dejé abrazar. No podía dejarlo ir sin ese abrazo. Ni yo hubiese podido seguir viviendo en paz.

Vuelvo a El Paso. Le digo que sí a la buena señora y me abraza. Se le humedecen los ojos. Intento que sienta el apoyo y la ternura de Papá Dios en ese abrazo. Sé que a través de los cristales opacos nos miran, pero no me importa. No puedo dejarla ir sin ese abrazo. Y me dice:

“Gracias, hace demasiado tiempo que no me sentía abrazada y querida. Que Dios me lo cuide”.

El guardia abre la puerta, y quiero adivinar una sonrisa en su cara.

Vuelvo a cruzar las puertas de seguridad y recojo mi carnet de identidad en la oficina central. El tráfico de la calle Hawkins me engulle mientras le doy vueltas en el corazón a las historias contadas y escuchadas.

Se que el próximo viernes no la veré, que estará con los suyos en Guatemala, pero me quedo en paz por el abrazo. También ella se fue en paz, para intentar ser buena. Qué bonito sería que ese fuese el sueño de todos: el intentar ser buenos y querernos como hermanos

 

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