El niño nuevo

Pedro se preparó con tranquilidad, le daba mucha pereza ir a buscar a su hija al colegio. El San Agustín era un buen colegio, sin duda, pero estaba un poco lejos y había que ir coche.

Además, no soportaba tener que hablar del tiempo con el resto de padres mientras esperaba. Su mujer se había puesto mala y hoy tenía que ir él, ¡qué mala suerte! Su hija salió por fin acompañada de... un niño que Pedro nunca había visto antes.

- Hola cariño, ¿Ese niño es nuevo? El que es... diferente.
- ¿Carlos? No, es que se ha roto la pierna y por eso va con muletas.
- No, no, el que... no es igual a nosotros.
- ¡Ah! Es que a Juan le han puesto gafas.
- Me refiero al niño negrito...
- ¿Nico? ¿Y qué tiene de diferente?
- Bueno hija, habrás visto que tiene un color diferente a ti.
- Claro, ya sabía yo que iba a darte envidia. Ya le he dicho que a ti te toca pasarte todo el verano tumbado en la playa, aburrido, para poder ponerte un poco moreno pero ¡Él tiene ese moreno tan guay todo el año!
- Ya, ya, pero es que él y yo no somos iguales.
- No te preocupes papá, Nico es muy bueno y no te va a tratar de forma distinta solo porque seas calvo, al fin y al cabo todos somos iguales. ¿Verdad?

Raquel Dueñas Montañés

Abrazos invisibles

Aquel día María se despertó antes de que sonase el despertador, y eso que nunca le había gustado madrugar, pero llevaba demasiado tiempo deseando que llegase ese momento. Nunca había anhelado tanto la vuelta al cole. Ni rebajas de El Corte Inglés, ni olor a libros nuevos. Lo único que quería era volver a ver a sus amigos tras esos extraños meses.

Su mamá le había explicado que no podía dar besos, ni abrazos, ni cogerse de la mano. El bicho malo quería hacerles daño y ella no lo iba a permitir. Aún no alcanzaba a comprender cómo podía existir algo tan malo que impidiera que la gente se pudiera demostrar su amor; para María, no había nada peor.

Cuando llegó al San Agus, como lo llamaba ella cariñosamente, buscó con la mirada a sus amigos. Y de repente los vio, ahí estaban Pablo, Elena y el pequeño Jaime. Tuvo que resistirse a correr hacia ellos, en cambio, se acercó tirando de la mano de su mamá.

Les saludó con el codo, al parecer así eran los abrazos de ahora y, aunque no se podían ver más que los ojos, pudo sentir sus sonrisas bajo la mascarilla. El resto dejó de importar, sus miradas ya se estaban abrazando. El bicho no podía destruir el amor.

Raquel Dueñas Montañés

Una canción de mi vida

De pequeño una mañana
Mientras saboreaba el dulce amanecer de Valladolid
Llegaba a mi nariz un delicioso olor a tostadas
Tostada que me daría energía para empezar el día

Me trajeron al colegio
Espacio rodeado de amigos, árboles, campos de fútbol y baloncesto
Donde aprendí a escribir, leer, jugar,...
Y a perderme, llorar, hacerme brechas,…

Bellos días de mi infancia
Tan bellos que hoy aún recuerdo
Las “seños", los “profes"
Entrenadores y amigos que hoy en día aun conservo

Corren por mis venas
Sangre agustiniana de la cual presumir
Un RH que llevo con orgullo
Y mi corazón bombea con pasión

Y son alegres recuerdos
Todos los que tengo de mi cole
Y sin felices momentos
Que nada ni nadie podrá borrar

De un ayer que ya pasó
De un mañana que llegará
De un hoy que vivo yo
Con alegría y buen humor

Pasan los días y veo al fin
Que no me olvido de lo vivido allí
Grandes imágenes, bellos recuerdos
Buena gente, gran formación

Que somos uno, colegio y yo
Que muchos somos los que con pasión
Hemos vivido los años más bonitos de la vida
En este entorno de formación

Nunca podré decirte adiós
Y no me niegues que estas palabras
Tanto tú como yo
Las hemos cantado con ilusión

San Agustíiin

Hijo de profesor

Me dispongo a contarles
Sin extenderme demasiado
La historia de la expulsión más injusta
Que jamás se ha perpetrado

Evidentemente en verso
Como hijo de buen literato
Son los genes de mi padre
Los que inspiran este relato

Corría el año 2013
Segundo de bachillerato
Yo era un estudiante mejorable
Pero para nada retrasado

Mi clase era curiosa
Parecía un verdadero establo
Los tontos nos hacinábamos
Y los profesores desesperados

En las horas de economía
Y en las demás por descontado
Se fraguó cierto ambiente festivo
Al que yo me sumé encantado

No dejábamos atender a los compañeros
Incluso alguno se hubo chivado
El desenlace de esta historia
Bien se lo habrán imaginado

Acabamos con la paciencia de Clara
Y ella nos acabó expulsando
¡Si yo no he dicho nada!
Repliqué desesperado

Rezaba porque mi predecesor no se enterase
De tal acto desvergonzado
Con tan mala fortuna
Que en la sala de expulsados me estaba esperando

Tú eres tonto hijo
Y tu madre y yo lo veníamos sospechando
Pues somos del todo conscientes
Del tarugo que hemos engendrado

No hagan como yo
Y sean estudiantes recatados
A clase se va a aprender
Y no a dar el coñazo

Méritos opuestos

-Pero, ¿tú por aquí?, ¡no te libras, majico!
-Uy, qué va, ¡y ésta es la definitiva!
-La verdad es que nos has asustado varias veces, pero te recuperabas siempre.
-Sí, demasiados excesos. No he sabido cuidarme como debería.
-Mi salud tampoco ha sido boyante, especialmente desde aquel secuestro.
-No habría sido nadie sin el fútbol, pibe, ¡le debo todo!
-Yo preferí renunciar a casi todo para poder dedicarme a los nadie.
-Lo mío, la pelota, che. Llegué a ser el mejor del mundo. O eso dicen.
-Recuerdo verte jugar, claro. Me encanta el fútbol. Es más, varias veces he jugado.
-En Sierra Leona, me suena. Anda que no te has pateado aquella región…
-¡Qué sabrás tú, si no tenías ni idea de lo que hacía! No vengas ahora chuleando.
-¿Chulo yo? Seré recordado durante bastantes generaciones por todo el planeta.
-En ese mismo planeta en el que dejo miles de corazones que no me olvidarán nunca.
-¡Qué boludo guasón fuiste siempre, José Luis!
-¡Venga anda, Diego Armando, pásame ahí ese balón, si es que todavía sabes!

Garayoa y Maradona. ¿Coincidieron en persona? Muy probablemente no. Sin embargo, en menos de veinticuatro horas ambos han estrenado eternidad. Descansad, genios, mientras nos esperáis.

Los bolígrafos

Tocaba clase de ética y Luis Ángel entró en clase, puntual, como siempre.
- ¿Qué está pasando aquí? - preguntó al entrar en clase.
Miguel se adelantó y explicó la situación.
- Es que Irene dice que quiere jugar en el equipo de fútbol y le hemos dicho que nos va a hacer perder, porque las chicas no juegan al fútbol.
- ¡Pero si juego mejor que tú! - contestó Irene rápidamente.
Antes de que comenzaran otra vez a discutir Luis Ángel intervino.
- Quiero que todos os sentéis y cojáis tres bolígrafos, uno azul, otro negro y otro rojo. Ahora quiero que escribáis "hola" con cada uno de los bolígrafos.
Los niños obedecieron sin comprender a qué venía todo eso.
- ¿Ya lo habéis escrito? Bien, Miguel, me puedes decir ¿Qué color ha escrito mejor "hola"?
- No sé, a mí me gusta más el azul.
- ¿Entonces el rojo y el negro lo han escrito mal?
- No, simplemente es diferente, pero todos los bolígrafos escriben bien.
- Muy bien explicado. Pues los bolígrafos son como las personas. El hecho de que sean distintos por fuera no quiere decir que no sean capaces de hacer exactamente lo mismo, da igual que tengamos diferencias, porque al fin y al cabo todos somos bolígrafos.

Raquel Dueñas Montañés

La piscina

Todo se ha parado. La actividad es mínima. El pulso cada vez más débil. Solo el calor de las pocas familias que cada día acuden a la piscina mantiene vivo el recinto. A la hora de siempre, los mismos de siempre, acuden con sus balones, raquetas, playeros…. Para hacer deporte, ayudar en la limpieza de la piscina y pasar un rato con el encargado; el ansiado baño permitido es el salario.

Es la rutina que verano tras verano permite descansar tras la frenética actividad del invierno. Mismas familias, ayudantes y encargado. Hasta que un verano el débil pulso desaparece ante la falta de familias, la marcha de los ayudantes, el traslado del encargado …. Ya nada vuelve a ser igual en verano.

Y tras años de zozobra para recuperar el pulso veraniego surge la idea y todo se pone en marcha. Desaparece la piscina, caen sus instalaciones, se convierte en una zona nueva.

Allá donde hubo agua, trampolín y césped hay ahora plantas, animales y aperos de jardín. Y el anterior sitio de recreo y descanso se convierte ahora en espacio de trabajo, cuidado y enseñanza. Lo que fuera piscina es huerto lleno de actividad para que sus pequeños visitantes aprendan que solo con trabajo llegan los frutos.

El gran día de las fiestas

La niebla hace que el frío sea más intenso pero la ilusión por llegar calienta el cuerpo. Hoy es el día más esperado de la semana y las ganas de que llegue el momento decisivo hace que los implicados estén especialmente nerviosos.

A la hora fijada todos están preparados para empezar. Se conocen desde pequeños cuando, a la sombra de un gran árbol, se organizaban eventos como el de hoy. Piedras, jerseys, abrigos e improvisación eran los condicionantes del juego; compañeros de pupitre requisitos necesarios para el juego.

Ahora todo era distinto. Organizados por el Profesor, uniformados para la ocasión y siendo protagonistas principales los once salen mentalizados a ese terreno de piedra y arena que se convierte en templo en tiempo de recreo. Y comienza la disputa, con el balón como tesoro codiciado, con la ilusión de superar a los mayores, con la alegría de la diversión con aquellos que se convertirán en amigos más allá de las aulas. El recuerdo que dejará ese momento permanecerá durante toda la vida y hará que se añoren muchas de las vivencias originadas cuando, de pequeños, una mañana les llevaron al Colegio que harían suyo; su Colegio San Agustín.

Sobre algunas mañanas, al despertarme

Nadie se lo cree cuando lo cuento, pero había un miedo terrible (¡temible!) a quedarse tirado en el Colegio San Agustín si no cogías el autobús de vuelta después de clase a tiempo. Tonterías, diréis. Veréis, algunos afortunados hacíamos uso de los autobuses que salían del colegio en fila india, como si fuera un desfile… y si el tuyo era el primero tenías cinco minutos desde el sonido del timbre para llegar. ¡No exagero! Adiós amigos, adiós libro de Física y Química del examen de mañana y que te acabas de dejar en el pupitre.

Sólo diré que algunas de mis pesadillas tratan esa pérdida de una forma recurrente. ¡Y qué sensación más angustiosa! Pero sé que tiene una razón de ser. Y es que inevitablemente me hacen recordar que allí aprendí grandes cosas, como a ser inmune al frío en las clases de gimnasia de invierno. También a borrar y reescribir este texto sin miedo de la misma forma que me hacían reescribir los cuadernos de Primaria. Como dice esa canción de La M.O.D.A.: “No te olvides de donde vienes”. Al final, el San Agustín es algo que siempre llevaré conmigo, aunque sea en mis peores pesadillas. Pero no dejéis que ningún niño pierda el autobús de vuelta a casa, por favor.

Perennes rosales

La novia estaba resplandeciente. Su ya marido, orgulloso, la contemplaba embelesado. Mientras tanto, la cámara les observaba a ambos. Inmortalizados en cada disparo. Se sabían protagonistas, bendecidos. Los invitados podían esperar de camino al restaurante. Ellos, seguían las indicaciones del fotógrafo. Nadie más alrededor. Salvo los columpios, privilegiados testigos de tanto encanto. Los sábados, ese patio de “Infantil” quedaba desierto. Los rosales adyacentes, sin embargo, acogían el amor recién consagrado de una joven pareja. Previamente habían descartado el “Campo Grande”: demasiado pavo suelto. La opción de “Poniente” les expondría demasiado a los mirones. Se decantaron por este rincón de la carretera Madrid. Nunca antes habían estado en aquella finca escolar. Ni siquiera imaginaban a dónde conduciría aquella escalinata que se curvaba misteriosamente hacia la izquierda.

Casi treinta años después, un muchacho esbelto, todavía soltero, desciende los peldaños de recepción, esos por los que correteaba de niño. La última tutoría le ha resultado agotadora. Pero termina su jornada satisfecho. Mientras abre el coche desvía la mirada hacia unos rosales. Una vez más, sonríe emocionado.

La última función

La endeble puerta de dos hojas se abrió y pudo entrar entre empellones. La tenue iluminación no invitaba a confianzas. En penumbra dio sus primeros pasos, cortos, temerosos. Se hizo la oscuridad. La proyección iba a comenzar.

Escuchó silencio mientras tanteaba con su mano derecha los respaldos de las viejas y recias butacas, de tacto suave, estriados, fríos, con olor a añejo. Puso mucho cuidado en no caer rodando por la pendiente que intuía, sin apenas despegar del suelo sus zapatos de cordones. Debían aguantar todo el curso.

Olía a palomitas, a regaliz, a colonia a granel. Olía a colegio en una tarde de domingo. Unos disfrutaban de la película mientras otros zanganeaban por los pasillos laterales subiendo y bajando a toda carrera hasta terminar empapados en sudor.

Un chasquido. Todo cambió. Luces de colores, músicos ante el escenario, actores que cantaban afinados y con decisión. Delante del decorado intuía siluetas tras el humo mientras los soldados golpeaban y hacían sonar sus lanzas contra el suelo de madera. Despertó. El musical había terminado. Al salir miró qué día era. Habían pasado 42 años desde que entró al vetusto y majestuoso salón de actos. La función había terminado.

Juan Jesús de la Fuente Soto

¡Próximamente!

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