Solemnidad de Cristo Rey: Escuela de amor día a día


Escrito por el P. Roberto Sayalero Sanz extraído de la web AgustinosRecoletos.org

«¿Cómo llevar a cabo el cursillo de amor? Basándonos en el Reino ya presente, es nuestra responsabilidad, como cristianos, implicarnos sin descanso en la tarea de expandirlo, de intentar que nuestra vida se parezca más al que Jesús intentó instaurar. Nuestra espiritualidad del seguimiento sólo es auténtica en la medida en que es fiel al proyecto del Reino y eso significa estar atentos y colaborar en que se respete la vida de los seres humanos, su seguridad, su dignidad, sus derechos y su felicidad».

Leyendo la sección de anuncios del periódico encontró el siguiente anuncio: Aprenda a amar. Matrícula gratuita. Duración desde el primer día hasta el último de vida. El inquieto lector no dudó en llamar al teléfono indicado. Un contestador le respondió diciendo: “Todos necesitamos aprender a amar con un amor sin ansias posesivas, que fluya abundantemente, que fascine a los demás y dé un nuevo sabor a la vida. Cree en el amor que llevas dentro. Cree por igual en el amor que das y en el que recibes, déjate guiar por él hasta lo más profundo. Te deseo que tu amor no se enfríe sino que crezca y se desborde. Llame a este número cada vez que se desanime en la tarea”.

Parece que en el evangelio de hoy se dan las calificaciones de esta escuela de amor en la que la asignatura no es otra que la caridad. En ningún momento se habla de pecado o de incumplimiento de algún mandamiento sino del interés o desinterés que se ha tenido ante la situación del prójimo: el hambre, la sed, la extranjería, la desnudez, la enfermedad, la falta de libertad. Lo que importa no es el comportamiento del hombre con Dios sino del hombre con el hombre, como único medio de amar a Dios, a ese Dios, buen pastor, que describe Ezequiel, que está fundido totalmente con el ser humano de forma que lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos a mí me lo hicisteis. No se puede dejar de lado un detalle, Dios se hace hombre, uno de los nuestros. Su presencia no es lejana sino absolutamente cercana. Por ello, la clave de la relación con Dios no está en las rúbricas ni en los cumplimientos sino en la honradez, la sinceridad y la transparencia con toda persona, en la intensidad con que nuestro corazón late ante el sufrimiento ajeno sea quien sea.

Esa fue la actitud que siguió Jesús a lo largo de su vida. Jesús no elaboró un tratado sistemático, sino que el Reino que anunció es una manera de vivir basada en hechos concretos: dar vida a enfermos, devolver la dignidad a los endemoniados, pecadores y marginados, felicidad a los pobres, a los que lloran, a los que sufren. Es el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz. El Reino es vida, Vida con mayúscula. El Reino es lo más humano y liberador que se le puede anunciar a una persona, es Buena Noticia. Evangelio puro, vivo. espontáneo, fácil de entender. No se trata de un Reino solo para los buenos, y aquellos que no entran son malos. Es un Reino universal en el que todos estamos llamados a entrar. Solo quienes no respetan la vida, quienes basan su felicidad en privar de dignidad al resto, tendrán que convertirse antes de poder entrar.

Y después de esto que, ¿qué se exige de nosotros? ¿Cómo llevar a cabo el cursillo de amor? Basándonos en el Reino ya presente, es nuestra responsabilidad, como cristianos, implicarnos sin descanso en la tarea de expandirlo, de intentar que nuestra vida se parezca más al que Jesús intentó instaurar. Nuestra espiritualidad del seguimiento sólo es auténtica en la medida en que es fiel al proyecto del Reino y eso significa estar atentos y colaborar en que se respete la vida de los seres humanos, su seguridad, su dignidad, sus derechos y su felicidad. Borrar el sufrimiento de todos es nuestra tarea como miembros de una Iglesia que se entrega en los lugares donde nadie acude, que se despliega como embajadora de felicidad y esperanza en medio de los más desfavorecidos.

No hacen falta grandes espectáculos. Hacen falta corazones despiertos y vivos. Es en las cosas sencillas y concretas como dar comida, bebida, atención, cariño… donde vamos construyendo humanidad, donde vamos dando rostro al Reino. Esta es la verdadera escuela de amor en la que hemos de aspirar al sobresaliente.

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