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Mi experiencia como voluntaria en Filipinas con ARCORES

Como antigua alumna del colegio, siempre he sentido muy presentes los valores de solidaridad, comunidad y servicio que se transmiten en las aulas, hace 3-4 años Fernando me habló del voluntariado y desde el minuto cero supe que era que lo quería y tenía que hacer, tiempo después se me planteo el voluntariado internacional y sin duda una de las mejores decisiones que he tomado.

Este mes de julio tuve la oportunidad de vivir algo único, participar en un voluntariado en Filipinas de la mano de ARCORES, una experiencia que sin duda me ha cambiado.

Todo empezó en Cebú, donde nos recibieron con los brazos abiertos Marie y Sandy, trabajadoras de la Universidad San José Recoletos. Nos alojamos en la casa de oración agustiniana de Talavera, compartiendo días con las hermanas y el personal que allí vive. Durante esos días pudimos conocer los distintos campus de la universidad, incluso uno que aún estaba en construcción. También hicimos un taller de reciclaje para crear carbón vegetal, y visitamos el mercado local, lo que fue un primer contacto con la cultura filipina.

Después viajamos a Palawan, concretamente a la isla de Casian donde pasamos la mayor parte del tiempo.

Es una pequeña isla al norte de Palawan de apenas 7km de longitud, allí toda la gente tenia siempre una sonrisa para ti, las familias vivían con lo básico pero como nos dijo uno de los frailes allí la felicidad es muy simple para como lo vemos nosotros, ellos con tener 3 comidas al día y una educación básica son completamente felices. Los habitantes de la isla subsistían con la naturaleza, a base de la pesca. Además tenia islas aún más pequeñas alrededor, Calampisao y Debangan, donde desarrollamos el proyecto de alimentación y solar dream.

Desde el primer momento, la comunidad agustina recoleto, con los frailes y la gente del pueblo, nos hizo sentir como en casa. Allí empezamos nuestras actividades: colaboramos en el programa de alimentación escolar, organizamos juegos con los niños durante el recreo, y ayudamos a limpiar y ordenar las bibliotecas de las escuelas, tanto en Casian como en la isla vecina de Calampisao. Además, preparamos platos típicos, como el pansit, y realizamos dinámicas sobre el cuidado del medio ambiente, incluida una gran limpieza de playa con los niños.

Uno de los momentos más especiales fue participar en el proyecto Solar Dream, que busca llevar luz a hogares que no tienen electricidad mediante la instalación de paneles solares. Nos enseñaron a montarlos y fuimos casa por casa explicando cómo usarlos. Fue impactante ver cómo algo tan básico para nosotros puede suponer un gran cambio para otros.

A pesar de los dos tifones que nos impidieron movernos algunos días, siempre buscamos la forma de seguir ayudando. Participamos en misas, catequesis, celebraciones locales e incluso partidos de baloncesto con la gente del pueblo. Todo eso nos permitió integrarnos de verdad en la comunidad.

Ahora durante el viaje de vuelta escribo esto y se que va a ser muy difícil volver. Me llevo muchísimos recuerdos, aprendizajes y sobre todo el cariño de una comunidad que nos ha dado más de lo que podíamos imaginar. Durante esta experiencia no solo me he sentido como en casa a kilómetros de casa, sino que me ha hecho crecer como persona y entender mejor el valor de vivir con y para los demás.

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