El sufrimiento humano es una realidad universal, presente en todo momento y en todo lugar. No contamos con ninguna garantía de que vaya a desaparecer, al menos durante el decurso temporal que es nuestra vida histórica. Esto, que cualquiera puede aceptar, no es óbice para nuestro escándalo ante el dolor ajeno. Cierto que podemos cargar con nuestras propias fatigas, pero el dolor del inocente que está a nuestro lado nos plantea una pregunta radical, en la que hemos de sumergirnos para no precipitarnos en la respuesta: ¿qué sentido tiene este dolor?
Creo que este es el punto de partida de la experiencia de un voluntario que se asoma a un rincón del mundo donde, aun viviendo de maneras distintas, se manifiestan los temas inscritos en el modo de ser propio del hombre. Por ello, esta experiencia sirve de lente de aumento para comprender estas realidades. En el espejo del otro, tan distinto de mí mismo, descubro que la trama de nuestra existencia está urdida con la misma tela, de igual textura y fragilidad. Simplemente con estar aquí presente se inicia, pues, un diálogo que se juega antes y después de la palabra; en la pura disponibilidad abierta hacia el otro.
Este momento inicial de encuentro no se resuelve, al menos si hablo de mi experiencia, en una suma de respuestas y certezas acerca de la vida, el dolor y la alegría de estas personas. Más bien, diría que vuelvo cargado de preguntas con las que habitaré largo tiempo -quizá todo mi tiempo- sin poder más que asombrarme ante ellas, mas nunca resolverlas definitivamente. Si más días durase este voluntariado, más interrogantes atesoraría.
Así que no tengo claro qué se ha de hacer para ayudar, como tampoco sé en qué problemas de los que he conocido aquí puede resultar útil mi persona. Sí afirmo, empero, que cuando hay alguien que sufre es mi responsabilidad -como la de todos- hacerme presente ante esa persona. Quizá eso sea bastante para empezar. Ante la tenaza de la carestía y de la angustia, solamente la presencia de una persona a la que mirar aligera la carga de existir en medio de la dificultad. Todo lo demás es accesorio; se trata de encarar esa responsabilidad absoluta y hacerla efectiva como parte de uno mismo.
No es mucho lo que digo, pero no por falta de voluntad, sino porque la amplitud de una experiencia como esta es, en último término, incomunicable desde el discurso directo. Haría falta otro vocabulario, uno que rozase la esencia del alma humana, para presentar fielmente la sobreabundancia de vida que uno experimentada concentrada en un mes. Sucede aquí como en el caso del dolor ajeno; quizá estar presente sea ya algo, y para eso no es necesario romper el sutil marco del silencio.





