El día 24 de octubre se celebra el Día de las Bibliotecas. Se trata de una fecha señalada porque, con ella, celebramos uno de los logros del espíritu colectivo de la humanidad en su pulsión por conocer. El universal deseo de saber que Aristóteles concibió ínsito en el alma del ser humano encuentra su materialización en el conjunto de libros y documentos que atesoran las bibliotecas. De no existir, no contaríamos con la posibilidad de escuchar las voces de aquellos por los que ha pasado el tiempo.
La historia de la biblioteconomía nos ha legado un amplio anecdotario que atestigua lo difícil que ha resultado siempre conservar el conocimiento heredado. Las grandes bibliotecas de la antigüedad supieron guardar los extensos rollos de papiro y de pergamino donde los sabios plasmaban sus ideas. Sin embargo, incendios -como aquellos que asolaron la biblioteca de Alejandría-, invasiones, procesos civilizatorios y guerras han supuesto un reto enorme para la pervivencia material de los textos.
Nos encontramos hoy con otro reto. La posibilidad de almacenar información nunca ha sido mayor que hoy en día. No obstante, no resulta tan sencillo navegar a través de ella. Proliferan los buscadores y lectores online, así como la dependencia de la Inteligencia Artificial. La información es sobreabundante, pero difícilmente logramos encontrar su sentido. Ese es el reto más grande que la biblioteconomía ha de enfrentar actualmente. Cuando la conservación de los volúmenes ya no es un problema, comienza a serlo su tratamiento y lectura. Recordemos, entonces, que aunque la biblioteca almacena, esta encuentra su plena realización en los lectores. Ellos trazan los caminos invisibles que conectan los depósitos del conocimiento, y, con ello, hacen de la biblioteca un espacio vivo.
Como reza el marcapáginas con el que hemos obsequiado a los usuarios de nuestra biblioteca: «Leer es abrir puertas».



