Quien llegaría a ser Obispo de Hipona nació en el año 354 en Tagaste, provincia romana donde, actualmente, se encuentra la argelina Suq Ahras. El hogar donde fue concebido e inició su larga e intensa formación intelectual es un símbolo efectivo de lo que supondría su obra posterior. Su padre, el pagano Patricio, ocupó un cargo en la administración pública romana y, aunque de costumbres disolutas y carácter temperamental, se preocupó por la educación formal de su hijo, aunque no en cuestiones morales. Diferente fue su madre, santa Mónica, espejo de cristiandad y preocupada por la salud espiritual de su hijo. Pudo ver la santa cómo su hijo llegó a ser ordenado Obispo, e incluso cómo su marido abrazó la fe cristiana al final de su vida.
Hijo de un hombre pagano y de una mujer cristiana, san Agustín llegó al cristianismo, tras tortuosos caminos, a través de lecturas platónicas y neoplatónicas que descubrió gracias a su amistad con san Ambrosio de Milán. Su filosofía será, como él, hija de la cultura precristiana, pero encontrará su culmen en la verdad del Evangelio.
Aprovechamos, entonces, para recordar y celebrar el nacimiento de san Agustín, quien ha desarrollado una obra de singular importancia teológica y, por ende, filosófica. Se trata de aquel del corazón inquieto que luchó toda su vida contra la tentación más grave que existe: la vida que se falsea a sí misma cuando renuncia a buscar la verdad. Él supo que la verdad a la que apuntaba la filosofía desde sus primeros pasos encontraba, en la enseñanza cristiana, un rostro perfectamente humano y divino: el de Jesús. Sirva de ejemplo san Agustín para que escuchemos honestamente la inexorable sed de verdad que espolea al ser humano, y sepamos también decir con él: “He aquí, Señor, que, para vivir, arrojo en Ti mi cuidado” (Conf. c. 43, n. 70).