Todo comenzó el 7 de julio, cuando llegué a la ciudad de Caracas junto con dos compañeros profesores de otros colegios de España. El objetivo principal de nuestro viaje era desarrollar un proyecto dentro de la red Educar, de la organización Solidaria Internacional de ARCORES, donde ofrecíamos formación tanto a alumnos como a docentes de tres centros educativos de la Orden.
El proyecto educativo fue verdaderamente precioso. Aunque los alumnos ya estaban oficialmente de vacaciones, regresaron al colegio con la mayor de sus sonrisas y con una ilusión contagiosa por aprender algo de inglés e informática—asignaturas que habían quedado sin docentes especializados durante los cursos anteriores—, además de compartir juegos y momentos con sus compañeros, sus maestros y con nosotros. Sentir esa motivación genuina por aprender y esas ganas de participar, incluso estando ya cansados, nos impulsaba cada día a preparar nuevas dinámicas, a innovar, a dar más.
Pero más allá del proyecto educativo, la familia ARCORES nos mostró todas las obras en las que colaboran, y tuvimos la suerte de poder aportar nuestro granito de arena en muchas de ellas. Visitamos el Comedor Divina Providencia de los Teques, la Casa Hogar Madre María, el Ancianato San José en Maracay, el Centro de Ayuda a la Mujer Guadalupe, el Comedor Social San Judas Tadeo y participamos en la celebración del Día del Niño. Cada uno de estos lugares nos confrontó con realidades muy distintas a la nuestra, realidades duras y complejas de personas que, a pesar de todo, mantienen su fe y su esperanza gracias al trabajo incansable de la asociación, los hermanos, las hermanas y los voluntarios. Personas que han hecho de estos centros su hogar, y que nos recibieron con una sonrisa sincera que jamás olvidaré. Estas experiencias me han transformado profundamente como persona.
Además, convivimos con la comunidad Agustino-Recoleta de allí, quienes siempre nos hicieron sentir bienvenidos y parte de algo mayor. Son personas profundamente solidarias, comprometidas y preocupadas por el prójimo. La situación del país es complicada y, aunque muchas personas viven en una pobreza generalizada, mantienen vivos sus valores y la esperanza de que, entre todos, poco a poco la situación mejorará. Venezuela es un país con una riqueza inmensa, sobre todo por su gente.
Con todo esto, he aprendido a ser más solidaria con los demás, a mirar más allá de mis propias necesidades y a darme cuenta de que siempre hay tiempo para ayudar. A veces vivimos con tanta prisa, tan enfocados en lo nuestro, que se nos olvida lo esencial: que lo que damos, aunque sea poco, puede significar muchísimo para alguien. Esta experiencia me ha hecho ver que cada pequeño gesto cuenta, y que el mundo sería un lugar mucho mejor si dejáramos a un lado el egoísmo y nos atreviéramos a mirar más al otro.
Llegué a Caracas con mi camiseta de ARCORES y el lema “Moviendo corazones”, dispuesta a ayudar y a dar la mejor versión de mí. Hoy, regreso con el corazón removido, lleno de rostros, abrazos, sonrisas y aprendizajes que ya forman parte de mí para siempre. La palabra GRACIAS se queda corta para agradecer la acogida y el cariño con el que me han tratado y lo bien que me han hecho sentir. Ahora, espero aprender de lo vivido para vivir lo que está por venir.
Irene Martín, profesora del colegio, desde Venezuela.